La Compañera del Sol, Una entrevista íntima a la esposa del Imam Khomeini (ra.)


    Entrevista íntima a la esposa del Imam Khomeini, Hajji Khanom Saqafí, realizada por su hija, la doctora Zahra Mustafawi.

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    La Compañera del Sol, Una entrevista íntima a la esposa del Imam Khomeini (ra.)

    Vivió alrededor de 60 años junto al Imam y fue su compañera de tristezas y alegrías. De entre los amigos y parientes del Imam, nadie, en la medida de ella, fue testigo veraz de su vida. Ella ha palpado de cerca la grandeza, sinceridad, temor a Dios, espiritualidad, disciplina, veracidad y en una palabra, la personalidad del Imam.

    Ella vivió de cerca y ha grabado en su corazón muchas de las dulces realidades educativas de la vida del Imam que otros solo escuchan o leen. Ella no es otra que la noble y querida esposa de Imam Khomeini, Hayyi Janum Saqafí que para todos los seguidores del Imam y de su línea goza de una gran respetabilidad y honorabilidad.

    Esta entrevista fue realizada por su hija, la Doctora Zahra Mustafawi y fue impresa en varias revistas iraníes. Nosotros la reproducimos ahora para nuestros queridos lectores.

    Dra. M.: Querida madre, salamun ‘alaikum. Quisiera que nos hiciera una breve reseña de su vida junto al Imam, y así también de su vida antes del casamiento junto a sus padres y de la posición de los mismos desde el punto de vista académico y económico.

    Esposa del Imam: Salamun ‘alaikum En el Nombre de Dios ...  Si voy a hablar de la posición de mi familia, debo comenzar desde muchos años atrás. Mi padre, Hayy Mirza Muhammad Saqafi, fue uno de los eruditos de Teherán. Generalmente escribía libros; dejó varios libros de Tafsir, y además dirigía las oraciones colectivas. Ya que mi madre gozaba de una buena posición económica, eso le facilitaba a mi padre tener más tiempo para escribir. Asimismo mi abuelo paterno fue uno de los prodigios de su época. Escribía poesías y ha dejado tras sí libros como Shifa’us Sudur (La curación de los corazones). Se llamaba Abul Fadl Tehrani.

    Dra. M.: Aparentemente él tenía una gran biblioteca que luego donó.

    Sí, él tenía una biblioteca bastante variada que luego donó a la actual escuela Mutahhari. En la misma escuela dirigía la oración y enseñaba. Asimismo mi bisabuelo fue de los muytahidin de su época.

    Dra. M.: Háblenos también algo de su situación familiar de parte de madre.

    Mi abuelo, el padre de mi madre, Hayy Mirza Gulam Husein, era el Tesorero del gobierno de aquella época. Hubo también otros familiares maternos que trabajaban en la Corte de los Qayar y naturalmente todos gozaban de una buena situación social y económica.

    Dra. M.: Aparentemente su padre, el Hayy Mirza Muhammad Saqafi vivió un tiempo en Qom.

    Sí. Cuando Hayy Shaij Abdulkarim Ha’eri, el Fundador del Centro Teológico de Qom, viajó a Qom en el año 40 de la hégira lunar, yo tenía 7 años. Mi padre, que en aquel tiempo tenía unos 29 o 30 años, pensó en seguir sus estudios en Qom. Cuando tenía 9 años mis padres viajaron a Qom y residieron allí durante 5 años. Yo me quedé en Teherán junto a mi abuela, ya que estaba acostumbrada a acompañarla.

    Dra. M.: Madre, usted que era la hija mayor, cuéntenos cuántos hermanos tiene y por qué vivía con su abuela.
    Cuando ellos viajaron a Qom yo tenía dos hermanas y dos hermanos. Mi abuela vivía sola y había ofrecido a mi madre cuidarme, ya que en los tiempos de antes la gente de clase alta tenía varias nodrizas que les cuidaban sus hijos. Desde que tenía 6 meses me llevaron con mi abuela y de vez en cuando viajábamos a Qom para visitar a mis padres.

    Dormíamos dos noches en el camino. Mi padre había alquilado una casa grande en Qom y teníamos varios sirvientes. En aquel momento solo quienes podían pagar 5 riales por mes podían ingresar a la escuela y esta posibilidad no la tenían todos. En mi clase solo había 20 alumnos. Yo, junto a mis hermanas, tuvimos la suerte de poder estudiar. Luego de terminar el octavo año, se planteó el tema del casamiento.

    Dra. M.: Ahora que la conversación llegó a este punto, por favor háblenos de su casamiento, y cómo fue que mi padre la conoció.

    En uno de mis viajes a Qom, durante esos 5 años que mi padre residió allí, cuando yo tenía 14 años, mi padre pidió a mi abuela que me permitiera quedarme unos meses en Qom. Durante esos años mis padres habían hecho amigos y uno de ellos era Ruhollah. Era un joven religioso, noble, estudioso e inteligente y a mi padre le agradaba mucho. Otro amigo de mi padre era Aseid Lavasani, que a su vez era amigo de Aga Ruhollah.

    Cuando mi padre decidió viajar a Teherán el Aseid Lavasani le preguntó a Ruhollah por qué no se casaba. En esos momentos él tenía unos 26 o 27 años. Él le respondió que hasta entonces no había encontrado una mujer adecuada para casarse, y que tampoco quería casarse en Jomein. El Aseid Lavasani le dijo entonces que el Sr. Saqafi tenía dos hijas que según su cuñada eran muy buenas. Esto me lo contó el Imam luego. También me dijo que al escuchar las palabras de su amigo había sentido un golpe en su corazón.

    Dra. M.: Madre, cuéntenos un poco sobre la ceremonia de petición de mano.

    Él envió un amigo suyo para  pedir mi mano. Esto se prolongó por diez meses porque yo no estaba dispuesta a ir a Qom, puesto que Qom en ese entonces no era como lo es hoy en día. Cada vez que viajaba a Qom me gustaba regresar a Teherán rápidamente.

    Mi padre me había dicho: “De mi parte no hay problema y aunque te lleve a vivir a Qom sé que es una persona que no permitirá que la pases mal.”  Lo conocía bien por su amistad de varios años. Yo insistía en no ir a Qom.

    Dra. M.: Entonces, cómo fue que aceptó ir a Qom  Aparentemente vio un sueño. Si es que lo recuerda, cuéntenos.

    He visto numerosos sueños benditos. Vi sueños por los que entendimos que este era un matrimonio que estaba escrito. El último sueño que me hizo decidirme definitivamente, fue que vi al Profeta Muhammad (BP.), al Imam Ali (P.) y al Imam Hasan (P.) en un pequeño patio, que luego me di cuenta que era el mismo patio que alquilamos para nuestra vida de casados. Las mismas habitaciones con la misma forma y decoración que había visto en el sueño. Incluso las mismas cortinas que luego comprarían para mí. En aquel lado del patio donde se encontraba la habitación de los hombres estaban sentados el Profeta, Imam Hasan y Amir-ul Muminin -la paz sea con todos ellos- y en este lado, que era la habitación de la novia, estaba yo junto a una  anciana.

    Era una señora baja que yo no conocía y estaba sentada junto a mí detrás de la puerta de la habitación. Yo miraba hacia aquel lado a través del vidrio de la puerta. Le pregunté: “¿Quiénes son ellos?”.  Ella me respondió: “Aquel del frente que tiene un turbante negro es el Profeta (BP.) Aquel hombre que tiene un cinturón verde es el Príncipe de los Creyentes (P).” Mas allá había un joven que también tenía un turbante negro que según la anciana era el Imam Hasan (P). Yo exclamé: “¡Qué alegría! ¡Son el Profeta y Amir Al-Mu’minin!”.  Entonces la anciana me reprochó: “¡¿Tú te alegras siendo que no los quieres?!”. Dije: “¡No, cómo dices eso! ¡Yo los quiero!, ¡yo los amo a todos ellos, son mi profeta y mis imames! Aquel es mi primer Imam, y este es mi segundo Imam”. Nuevamente la anciana repitió: “¡¿Tú dices eso siendo que no los quieres?!”. Tras ello desperté. Me entristecí mucho por haberme despertado tan pronto.

    Cuando a la mañana relaté el sueño a mi abuela ella me dijo: “Querida, es obvio que este es un verdadero Seied y el Profeta y los Imames están tristes contigo. No hay otro remedio. Este matrimonio es tu destino.”

    Dra. M.: Por  fin, ¿cuándo dieron la respuesta?

    La última vez que había venido el representante de Aga Ruhullah mi padre había decidido responderle negativamente argumentando que ni yo ni mi abuela estábamos de acuerdo y que él respetaba mucho nuestras opiniones. Ocurrió justo aquel día que yo había  visto el sueño.

    Dra. M.: Su padre tenía una mente muy abierta y le importaba su satisfacción, en tanto que muchos padres de aquella época no tomaban demasiado en cuenta los deseos de sus hijas.

    Sí, así es. Justamente luego de relatar el sueño a mi abuela, mientras desayunábamos  entró mi padre. Le serví té y él dijo: “Nuevamente vino Aseid Ahmad y ésta es la quinta vez que viene, y me dijo algo que no puedo repetir.” Luego me enteré que cuando mi padre le había comunicado nuestra insatisfacción, había dicho: “Claro, creció rodeada de comodidades y ahora no puede adecuarse a la vida de un  Talabé (un humilde estudiante de religión). Eso es lo que se escucha por ahí.”

    Mi padre continuó: “Es vuestra decisión, pero por mi parte yo creo que él es un buen hombre, instruido y religioso, y que su misma religiosidad será garantía de una buena vida.” Por entonces tenía yo unos quince años y respetaba mucho a mi padre. En ese momento mi abuela le sirvió unos dulces. Mi padre comió algunos y dijo: “Entonces como dulces como señal de complacencia de mi querida Qudsí”. Y yo no dije nada debido a la impresión que había dejado en mí el esplendor del sueño que había visto.

    Tras una semana, Aseid Ahmad Lavasani, dos hermanos del Imam -el Sr. Pasandidé y  el Sr. Hendí, el Aseid Muhammad Sadeq Lavasani, y el novio, vinieron a nuestra casa para pedir mi mano, y todos eran amigos entre ellos excepto el Sr. Hendí. Mi padre nos mandó a buscar a casa de mi abuela y fuimos allí. Allá me di cuenta del asunto. Mi hermana menor, Shams Afaq corrió a verme diciéndome: “¡Ha venido el novio, ha venido el novio!”. Me llevaron a la habitación contigua adonde vi al novio. El Imam tenía un rostro trigueño y cabello castaño oscuro. Al volver todos me preguntaron si me había gustado. No dije nada. No tenía una edad como para distinguir qué debía hacer, además siempre había sido una persona ingenua y simple.

    Vino mi padre y preguntó a mi madre qué opinaba yo, a lo que mi madre le respondió: “¡Nada, está ahí sentada!”. Luego mi padre, dándose cuenta de mi silencio, se percató de mi satisfacción, e hizo una prosternación de agradecimiento a Dios.

    Siempre solía decía mi padre: “Quiero un hijo sabio y un yerno sabio.” Y así sucedió.

    Dra. M.: Querida madre, he oído que su casamiento tuvo lugar en el bendito mes de Ramadán. ¿Por qué eligieron esta fecha mientras que no era costumbre?

    Porque en esa fecha no había clases.

    Dra. M.: ¿Es decir que el Imam hasta tal punto le importaba su estudio que incluso no quería cancelarlos ni por su casamiento?

    Sí, daba mucha importancia a no dañar el ritmo de sus clases. El sueño que yo había visto tuvo lugar en el mes de Sha‘ban y la fecha que se decidió el matrimonio fue el 1 de Ramadán, llevándose a cabo la fiesta durante aquel mismo mes de una manera sencilla. Una vez que alquilaron la casa para nosotros, me percaté que era la misma que había visto en el sueño.

    Dra. M.: En general, ¿cómo se comportaba con usted, es decir, gozaba usted en la casa del Imam de aquel mismo respeto de antes, o no? ¿Acaso este respeto duró hasta finales de su vida?

    Sí. Él me respetaba y valoraba muchísimo. Nunca me habló irrespetuosamente. Un día se quejó de sus hijas Siddiqah y Faridah –ustedes en aquellos días eran pequeñas- y se enojó porque habían pasado a la casa del vecino por los techos, ya que él decía que en esa casa había un sirviente y por ello estaba preocupado, pero yo le decía que allí no había nadie.

    Él, incluso en el culmen de su enojo no me faltó el respeto ni fue mal educado conmigo. Siempre me ofrecía el mejor sitio en la habitación y nunca comenzaba a comer sino hasta que yo me sentaba a la mesa y solía decirles a los niños: “Esperad que venga vuestra madre”.

    Nunca decía malas palabras, pero que yo diga que mi vida transcurría en completo confort, no. Él era un Talabé y no le agradaba extender su mano ante éste o aquel –así como tampoco lo hacía mi padre. Él quería vivir con aquel exiguo sueldo que tenía, pero al mismo tiempo era muy cortés conmigo, pues hasta no estaba de acuerdo en que yo hiciera los quehaceres de la casa. Continuamente me decía: “No barras”. Y si yo quería lavar incluso el pañuelo de mi hija en la fuente del patio, me decía: “Levántate. Tú no debes lavar”.

    Así es que me veía obligada a barrer la habitación y lavar la ropa de mis niños cuando él no estaba. Incluso un año que no estaba alguien que siempre acostumbraba a trabajar en casa -fue al final que nuestros hijos ya eran mayores y se habían casado- cuando terminamos de almorzar, yo me senté al lado de la fuente del patio para lavar los platos, y cuando él vio que yo los estaba lavando –de entre nuestras hijas, Faridah estaba en ese día en casa- dijo: “Faridah, corre, tu madre está lavando los platos”. Faridah corrió hacia mí y tomó los platos y los lavó.

    Dra. M.: ¡Querida madre! Estos temas claros y específicos suyos demuestran que Hadrat Imam no consideraba como deber suyo el hecho de barrer, lavar platos y hasta lavar un pañuelo de su hija, y se enojaba con usted cuando, por necesidad se veía obligada a hacer estos trabajos en ciertas ocasiones, considerándolos un tipo de abuso en relación a usted. Yo también recuerdo claramente que cuando usted entraba, incluso no le pedía que cerrase la puerta tras sí, y después que usted se sentaba él mismo se levantaba y la cerraba. La atención y el respeto del Imam hacia usted fue y aún es ejemplar. Escuché que usted durante muchos años estudió y tomó clases, por favor, háblenos al respecto.

    Después de obtener el diploma de la primaria y transcurrir un año, fui a la secundaria Badriah y estudié el séptimo año. Tras dos meses de comenzar las clases, tomé un profesor de francés y también estudié durante dos meses con una maestra judía. Cuando mi padre vino de Qom a Teherán estudié durante un tiempo el libro Yâmi‘ul Muqqaddamât (literatura árabe) con él, y cuando me casé fue el Imam quien continuó dándome clases, y cuando vio que yo tenía capacidad, me dijo que yo no necesitaba que me enseñaran y comenzó a enseñarme libros más avanzados.

    Cuando comencé a estudiar Suiûti (sobre árabe avanzado) yo tenía dos niños y cuando lo terminé ya tenía cuatro. Cuando nació mi cuarta hija –Faridah- yo ya no tenía tiempo para estudiar pero comencé con “Sharh-ul Lum’ah” (Jurisprudencia argumental). Estudié un poco este libro pero no tenía tiempo suficiente para hacerlo y en total estudié ocho años con el Imam.

    Cuando fuimos a Irak comencé a estudiar el idioma árabe y debido a que no tenía un profesor comencé el idioma árabe con libros de estudio de las escuelas. Estudié los libros hasta noveno año de la escuela. Debido a que no entendía algunos vocablos, cuando Ahmad (su hijo) viajó a Teherán preparó para mí un diccionario “árabe-persa”. Luego me cautivaron los libros de novelas, relatos históricos y debido a que me agradaban, siempre me sentía incentivada.

    Dra. M.: El solo hecho de que el Imam se ocupó en impartirle clases y durante los primeros ocho años de su vida de casados invirtió tiempo en este asunto, es un incentivo. Además, usted antes de casarse concurrió a escuelas modernas mientras que en esos tiempos la mayoría de los estudiantes solían concurrir a escuelas tradicionales y nosotros mismos fuimos a escuelas tradicionales. Todo eso es un tipo de incentivo.

    Sí. El que él mismo haya aceptado y se haya esforzado durante 8 años fue una forma de incentivo pero si hubiese habido otras cuatro personas más que fueran gente de estudio y hubiesen repasado las clases conmigo hubiese sido muy diferente. Cuando uno participa de una clase ve que su amigo estudia y que aquel también, entonces uno se incentiva a estudiar. Yo en Irak leía novelas y luego comencé a leer diarios y revistas y progresé de tal manera que en el último año de nuestra estadía en Irak, leía el libro “La civilización islámica” en idioma árabe.

    Dra. M.: Querida madre, estoy muy bien informada de su nivel académico y el de los estudiantes universitarios, y me doy cuenta que usted tiene el mismo nivel que los estudiantes universitarios, y esto no se debe más que a su propio empeño y al incentivo y esfuerzo de Hadrat Imam. El Imam insistía en elevarla desde el punto de vista científico. ¿Acaso se inmiscuía también en su vida personal, como en el hecho de vestirse o sus salidas?

    No. A principios de nuestra vida juntos, no recuerdo bien si en la primera semana o en el primer mes, me dijo: “Yo no me entrometeré en tu vida. Compra tus vestimentas y vístete de la mejor forma que te parezca, pero lo que te pido es que cumplas con tus obligaciones religiosas y te abstengas de realizar cosas ilícitas, es decir, abstente de cometer pecados.” No me insistió mucho con las cosas preferibles de la religión, y en sí, no se entrometía en mi vida y yo vivía tal como me agradaba. Tampoco se fijaba en mis salidas con mis amigas, a qué hora salía ni a qué hora volvía. Solo estaba ocupado en el estudio y en impartir clases.

    Dra. M.: Madre, usted realmente tuvo suerte de tener un esposo conocedor del Islam verdadero, que sabía bien hasta qué medida el Islam permite al hombre entrometerse en la vida de su esposa, por lo que no se inmiscuía en su vida personal y solo le requirió que no realizara cosas prohibidas por Dios y que en cambio llevara a cabo todas sus obligaciones religiosas. El significado de someterse ante Dios Todopoderoso y a las leyes divinas es ese mismo. Querida madre, ahora háblenos un poco respecto a los asuntos políticos a lo largo de la Revolución. ¿Qué recuerda respecto al comienzo de los conflictos en el año 42 (1964, año en que fue exiliado)?

    Debido a que solían quitar las tierras a la fuerza a sus propietarios, y dárselas a los labriegos, siempre se planteaba este interrogante si los cultivos de los agricultores era lícito o no, y si el pan que los panaderos preparaban era asimismo lícito o no. Tras un período de tiempo mi hijo Mustafa y yo fuimos a Nayaf y Karbala (Irak) y estando allí escuchamos que en Iran había disturbios. Mustafa se preocupó y me dijo: “Regresemos a Iran.”

    Una vez aquí, vimos que la casa estaba repleta de gente por lo que nosotros fuimos a casa de tu hermano. El patio de la casa de Mustafa se había convertido en una cafetería hasta que después poco a poco se incrementó el alboroto y el Imam dio el discurso de la tarde de Ashura en el interior de la casa. En medio de la noche patearon la puerta de la casa. Todos nosotros dormíamos en el patio. El Imam fue y les dijo: “No pateen, ya voy”. El Imam se puso su manto y ropa religiosa y ellos rompieron la puerta y arremetieron dentro de la casa y se lo llevaron. Estuvo arrestado dos o tres días en una casa habitada y después se lo llevaron a la prisión Qasr. Estuvo diez o doce días en el Qasr pero no nos permitían llevarle comida.

    Al parecer iban y lo aconsejaban. El Imam hizo pedir el libro de súplicas y ropa y nosotros se los llevamos. Después se lo llevaron a la prisión de ‘Ashrat Abad y permaneció allí dos meses. No dejaban que nadie lo visitara y solo permitieron que le llevaran comida. Nosotros fuimos a Teherán a la casa de mi madre y le enviábamos comida en cada almuerzo. Tras dos meses fue liberado y lo llevaron a otro barrio Dawudieh en una casa. El primer día yo fui allí junto a mis hijas, y cuando todos se fueron le pregunté: “¿La situación aquí está difícil? El Imam llevó su dedo atrás de su nuca y lo pasó sobre ella. Cuando me mostró su mano vi que su piel se desprendió fácilmente con el mero roce (debido a las torturas). Yo no dije nada pero me sentí muy mal.

    Dra. M.: Aún hoy, cuando recuerda aquello usted se pone mal. Madre, disculpe, en esta entrevista la hice llorar varias veces y la hice revivir los amargos recuerdos del pasado.

    No hay problema. Tras ello el Sr. Rugani propuso que el Imam fuera a su casa. Un gran número de agentes de la Savak (temible agencia de inteligencia del regimen pahlevi) se establecieron frente a la casa del Sr. Rugani y alquilaron para mí una casa cerca de ahí. Había allí alrededor de 30 agentes de la Savak que controlaban las idas y venidas y solo permitían que ingresaran mi madre o mi hermana. Durante un período de 7 meses estuvo en la casa del Sr. Rugani hasta que el jefe de la Savak, llamado Ansari dijo que cuando él quisiera ir a Qom, le prepararían un auto. Después de ello volvimos a Qom. Nuestra casa estaba repleta de gente cuando llegamos. Alquilaron una casa justo al lado de la casa del Imam y abrieron una puerta hacia ella y nosotros nos fuimos allí. Permanecimos allí desde la fiesta de año nuevo hasta el 13 del mes de Aban, es decir unos 8 meses.

    El Imam disertó de nuevo en contra de la ley de Capitulación. Una noche vimos que entraron por el fondo de la casa. Yo me encontraba en el pórtico. A pesar de que la pared era alta, había un hombre en lo alto de la misma. El Imam estaba al otro lado del patio y yo a este lado. Vi que nuevamente saltó otro y entonces llamé al Imam y vi que pateaban la puerta de nuestra habitación. Cuando el Imam escuchó mi grito exclamó en voz alta: “Rompisteis la puerta. Yo ya voy”. Después vi que otro más saltó y tuve mucho miedo. Estaba a punto de amanecer. El Imam salió y les gritó: “¡La puerta se rompió! Salid de aquí, yo ya voy”.

    Cuando vieron que el Imam salió de la habitación y se dirigió hacia mí, y que yo estaba parada en el pórtico, saltaron desde lo alto de la pared hacia afuera. El Imam vino y me dio su sello y la llave de la puerta de su gabinete y me dijo: “Guarda esto contigo hasta que te avise”, y salió por aquella puerta. Yo escondí lo que me dio y no hablé sobre ello con nadie puesto que esperaba que tomaran la llave y el sello. Ahmad se despertó –en ese entonces tenía unos 17 o 18 años- y me preguntó: “¿Dónde está mi padre?”. Le dije: “Se fue por esta puerta, tú no vayas”, pero fue. Después me dijo: “Tras caminar unos pasos se abalanzó hacia mí uno de los agentes de la Savak y me apuntó en forma amenazante y me impidió el paso, así que no fui”.

    Dra. M.: Madre, no se ponga triste. Si es que el recuerdo de aquellas épocas la angustia tanto, me veré obligada a no preguntarle más. Por favor, usted siempre fue muy paciente. Recuerdo que cuando yo llegué usted estaba temblando, y que cuando le pregunté cómo se encontraba me respondió de una manera muy contundente que se encontraba bien, pero no sé por qué yo me estremezco y durante todos estos años, cada vez que traigo a la memoria aquel momento, me transformo por la opresión que usted sufrió aquel día. Bien, querida madre, no nos dijo qué hizo luego con el sello y la llave y cómo fue que se la devolvió al Imam.

    La guardé hasta que el Imam se fue a Irak. Desde Nayaf me escribió una carta diciéndome que le diera el sello a una persona fiable para que se la llevase, por lo que consulté con el Sr. Ashrafi y él me dijo que el Sr. Abdul ‘Ali Qarahi tenía un pasaporte y que era digno de confianza. Yo escribí una carta y le di el sello y la llave. Él se los llevó a Nayaf y se los entregó al Imam.

    Dra. M.: El hecho de que el Imam le haya entregado su sello solamente a usted demuestra la confianza que le tenía, y hasta qué punto usted era perseverante y confidente, y el hecho de que usted en todo ese tiempo no haya hablado sobre ello con nadie, demuestra su lealtad, y si no, Hadrat Imam hubiera podido decirle que le entregara el sello a algún otro. Por favor, ahora cuéntenos si el Imam relató para usted su estadía en Turquía.

    La ciudad de Bursa era el lugar de residencia del Imam. Por lo que parece, tenía buen agua y clima. Un oficial iraní llamado Hasan, y que era de la Savak y de la ciudad de Saveh, acompañó al Imam hasta Turquía. Su esposa e hijos estaban en Iran, por lo que estaba muy preocupado y en realidad él también era un exiliado. Él, junto a un oficial turco que se llamaba Ali Bik custodiaban al Imam. Después que exiliaron a tu hermano Mustafa salían juntos, pero el Imam la mayor parte del tiempo permanecía en la casa ocupado en su trabajo y escribiendo el libro “Tahrir-ul Wasilah”.

    Dra. M.: ¿Qué hizo el régimen del Shah con mi hermano (Mustafa Khomeini)?

    Tras el arresto del Imam, tu hermano fue a la casa de Aiatollah Mar’ashi Nayafi y la gente se congregó a su alrededor. El régimen, al ver que él también era alguien influyente lo arrestó a él también. Estuvo preso dos meses en la prisión de Qazal Qal’e y tras ello lo llevaron a Turquía.

    Dra. M.: ¿Estaba usted de acuerdo con que mi hermano también partiera?

    Por supuesto que no.

    Dra. M.: Yo recuerdo que antes de partir vino ante usted, mientras yo lo ayudaba a enrollar su ‘Amamah. Usted se oponía a que él también partiera y decía: “El Imam lucha y se opone al Shah. Él ya vivió su vida, pero tú… Tú aun eres joven. Tienes esposa e hijos. Tu esposa está embarazada. ¿Qué le diré a tu esposa?”. Pero mi hermano, que estaba obligado a partir, por no apenarla le respondió: “Ustedes aquí están todos juntos pero mi padre está allá completamente sólo. Yo debo ir junto a él”. Finalmente lo llevaron a él también, ¡y qué día amargo y difícil fue aquel! ¿lo recuerda? (la esposa del Imam lo confirmó por medio de las lágrimas). Lo siento, estos recuerdos son para todos nosotros muy amargos. Ahora por favor relátenos cómo fue que el Imam viajó a Irak y qué sucesos acontecieron en el camino desde Turquía a Irak. Muy pocos hablaron sobre ello. Tal vez mi hermano o mi padre le hablaron a usted al respecto.

    Tras ser liberado, esto es, después de concluir el período de exilio del Imam en Turquía le preguntaron si quería volver a Iran o a Irak. Pero en realidad no permitieron que fuera él quien tomara la decisión y le dijeron: “Debes ir a Irak”. Luego él diría: “Tras entrar a Irak, primero fui a visitar Karbala, tras ello fui a Nayaf”, y en el período de tres o cuatro días que estuvo en Kazhimain también visitó Samarrah.

    Un hombre que tenía una propiedad en Karbala y que era su casa de campo durante los veranos, invitó al Imam a su casa en Karbala, por lo que el Imam permaneció tres días en su casa hasta que el Hayy Shaij Nasrul·lah Jaljali, que era de entre los amigos del Imam y de entre los banqueros de Irak, preparó una casa para él en Nayaf. En Karbala también, el Imam fue a la casa del Shaij Nasrul·lah y permaneció allí tres días.

    Él le había dicho a los estudiantes de religión que preparasen una casa para el Imam y compraran los enseres necesarios como para que el Imam no se viera obligado a ir a casa de alguien más. Vivió allí 14 años. Era una casa muy pequeña, al punto que la cocina era de la medida de un colchón. Colocábamos el recipiente con la comida en el patio y servíamos allí la comida porque no había lugar en la cocina. Abajo había dos habitaciones, cada una de 3 x 4 metros y dos habitaciones arriba, una de las cuales era imposible de ser utilizada. Alfombramos una de las habitaciones para el Imam y alquilaron también la casa vecina para recibir visitas del Imam. En sí era una casa muy vieja y pequeña.

    Dra. M.: Querida madre, a pesar de que de sus palabras se deduce que desde el punto de vista económico usted vivió apremiada junto al Imam, soportó todo con total frugalidad y humildad, pero acaso no cree que desde el punto de vista de la fe y la moral, usted misma y así también sus hijos, fueron influenciados fuertemente por el Imam?

    Sí. El espíritu del Imam, sus movimientos, sus palabras, todos surtieron efecto en los chicos, en especial la piedad y fe del Imam. Mis hijos son muy creyentes, verdaderamente creyentes, y en este sentido agradezco enormemente a Dios. Todos ellos son huellas de la existencia del Imam.

    Dra. M.: ¿Siente este efecto en usted misma también?

    Tuvo efecto. Su actitud y comportamiento, su fe y piedad, al igual que en mis hijos, surtieron efecto en mí también. Pero desde el punto de vista ético y del temperamento, dejó huellas más profundas sobre mis hijos.

    Dra.: ¿Piensa que si hubiera tenido un esposo no religioso usted hubiera sido ahora, desde el punto de vista de la moral, la misma que es hoy?

     Seguramente se hubiera debilitado mi fe en la misma medida que hoy se ve fortalecida.

    Dra. M.: Desde el punto de vista ético, sin tener en cuenta la religión y la fe, por ejemplo, ¿acaso escuchó que Hadrat Imam requiriera de usted o sus hijos que cuidara su comportamiento y sus palabras?

    Nos recordaba que cuidáramos nuestro comportamiento y conducta, y que no fuéramos orgullosos. Ninguno de ellos, ni yo misma que soy la esposa del Imam, nos ufanamos a costa del respeto que gozaba el Imam. No recuerdo que nunca se haya planteado el asunto de que somos la familia del Imam o que mis hijas se jactaran de ello. No, decididamente no fue así.

    Dra. M.: ¿Qué recuerda respecto a sus consejos morales y puntos educativos?

    Nos aconsejaba poco. Tomaba en cuenta la educación religiosa a partir de los siete años, es decir, solía decir que se debía rezar a partir de los siete años. Decía: “Oblígalos (a los niños) a realizar la oración para que a los nueve años ya estén acostumbrados a hacerla.” Yo le decía: “Tomo la responsabilidad del resto de su educación, pero en cuanto a la oración, es tu responsabilidad. Dícelos tú, puesto que a mí no me escuchan.” Él mismo era muy observante de ello y les preguntaba, pero si le decían que ya habían rezado, lo aceptaba y no insistía en averiguar si era verdad o no.

    Dra. M.: El Imam continuamente la elogiaba a usted por su despego, paciencia y humildad y siempre nos aconsejaba respecto a usted. Incluso fuimos testigos hasta qué punto acompañó al Imam en su lucha y nunca la escuchamos quejarse de su vida llena de altibajos junto al Imam, del exilio en Nayaf, del alejamiento de sus hijos… Nunca vimos que discrepara o se opusiera al Imam o fuera severa con él. El mismo Imam además siempre recalcaba este punto. Ahora, ¿qué espera de sus hijos?

    Espero que hasta que esté con vida me respeten, como lo hicieron hasta ahora. Yo estoy satisfecha de todos ellos, de Ahmad, de mis hijas, de mi nuera... Todos son muy buenos.

    Traducción: Zohre Rabbani – Sumaia Younes

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