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Fátima en el Corán

Fátima y la sura Al-Kauzar

'Ass Ibn Ua'il, uno de los jefes de los incrédulos, se encontró cierto día con el Santo Profeta (BP), cuando salía de “Masyidul Haram.”(los jefes de Quraish acostumbraban a reunirse junto a la Ka'ba). Mantuvieron una conversación durante un rato. Cuando Ass Ibn Ua'il entró a la Mezquita, los jefes de Quraish, que habían observado la escena, le dijeron: “¿Con quién hablabas?”. Respondió: “Con ese hombre estéril”. Eligió este término porque Abdullah, el hijo del Profeta, había fallecido, y los árabes acostumbraban a denominar a aquéllos que no tenían hijos varones:“estériles”. Ellos, según sus erróneas tradiciones, exaltaban la importancia de los hijos varones, y los consideraban sucesores de los proyectos de los padres.

Con la muerte del hijo del Profeta (B.P.), se contentaban pensando que con la muerte del Profeta, el Islam se extinguiría.
En esa ocasión fue revelada la sura “Kauzar” y milagrosamente responde a las falsas atribuciones de sus enemigos.

La sura, por un lado, albricia la continuidad del Islam, dando un fuerte golpe a las falsas expectativas de sus enemigos, y por otro lado consuela el corazón del Profeta que se encontraba acongojado debido a ello:

«En el nombre de Dios, el Graciabilísimo, el Misericordioso
por cierto que te agraciamos con la abundancia
reza, pues, a tu Señor y sacrifica
por cierto que quien te aborrece es Él »
(Sagrado Corán; sura 109)

(A través de la revelación de esta sura Dios anunció al Profeta: “El (Ass Ibn Ua'il), tu enemigo con diez hijos, será privado de posteridad, será estéril”).

En cambio, tal como predice el Corán, la numerosa generación del Profeta, a través de Fátima, se encuentra dispersa a lo largo del universo, a pesar de que muchos de ellos fueron martirizados por sus enemigos, mientras que de la generación de los Bani Umaiiah no quedó rastro alguno.

El término “Kauzar” deriva de su raíz “Kazra” que significa: “beneficiencia” y “bendiciones abundantes”. Según muchos intérpretes, el Kauzar se refiere a Fátima, a partir de quien derivaría su inmaculada generación; generación que lideró el Islam durante siglos. También es el nombre de uno de los manantiales del Paraíso que el Profeta describió como más blanco que la leche y más cristalino que el cristal, en cuyos extremos hay dos cúpulas de perlas y esmeraldas.

Fátima y el versículo de Tathir (Purificación)

Según todos los intérpretes de la Escuela Shi'a y muchos exégetas de la Escuela Sunnah, el versículo 33 de la Sura 33 descendió por Alí, Fátima, Hasan y Husain (la paz de Dios sea con todos ellos). Nafi' Ibn Abil Hamra', que acompañó durante ocho meses al Profeta relata: “Lo observaba cada mañana al salir hacia la mezquita para realizar la oración del alba, detenerse frente a la casa de Fátima y decir: “As sala:mu 'alaikum ia: ahlal baiti ua rahmatul Lahi ua baraka:tuhu. As sala:t, innama: iuri:dul Lahu li'iudhhiba 'ankumur riysa ahlal bait ua iutahhirakum tat:hi:ran”.

“La paz sea con vosotros, ¡Oh, Gente de la Casa Profética, la misericordia de Dios y sus bendiciones los acompañen! ¡A rezar! Ciertamente Allah sólo quiere alejar de vosotros la impureza ¡oh gente de la casa! Y purificaros de sobremanera”.

El altruismo de Ahlul Bait y la revelación de la sura "Al-Insan"

(“Yo los amo, ámalos tú también”)

La ciudad de Medina se hallaba sumergida en un profundo silencio. Los medinenses, agotados tras un día de trabajo y esfuerzo, regresaron a sus casas a fin de descansar.

Las estrellas adornaban el cielo y la tierra era alumbrada por la luz suave y tenue de la luna, que, como una liviana gasa, se había extendido sobre las pequeñas casas de barro de la ciudad. El único ruido que avivaba la noche era el eco de los firmes pasos del Profeta (BP), acercándose lentamente a la casa de Alí (P.). Lo acompañaban dos fieles, quienes meditaban en la preocupación del Profeta, pues todos los musulmanes sabían cómo amaba él a Hasan y a Husain y de qué manera le afectaban sus tristezas y alegrías.

Todos sabían que el amor que sentía por ellos no era sólo un amor de abuelo por sus dulces y bellos nietos, sino un cariño divino, un amor profético. Todos eran conscientes de que, a imitación del Enviado de Dios, debían amar a Hasan y a Husain, puesto que él mismo había dicho: “¡Dios mío! Amo a Hasan y amo a Husain, ¡ama a quien los ame!”.

Al llegar todos a la puerta de la casa de Alí, la delicada y dulce voz del Profeta resonó: “¡Mi querido Alí! ¡Mi querida Fátima! La paz de Dios sea con vosotros. He venido a visitar a mis hijos con dos compañeros, ¿me permiten pasar?”. Pudieron oirse las voces felices de Fátima y Alí que respondían: “¡La paz y la misericordia de Dios sean con el Profeta, nuestra casa es tu casa, bienvenido seas, pasa!”.

Cuando ingresó a la casa, se extrañó de que, como era costumbre, ni Hasan ni Husain corrieran hacia su abuelo, para echarse en sus brazos. Esa noche los niños estaban enfermos, yaciendo en sus lechos. Aunque estaban casi desvanecidos, al escuchar aquella cálida y conocida voz, abrieron apenas los ojos. No tenían fuerzas para levantarse. El Profeta, preocupado, se acercó y se arrodilló junto a ellos, llenándolos de besos

“¿Qué les ha sucedido amados míos? ¡Dios aleje de ambos el mal y les otorgue salud!”. Hasan y Husain abrazaron tiernamente a su abuelo.

En aquella austera casa, a pesar de pertenecer al más grande comandante del ejército islámico, y de ser la morada de la segunda personalidad del Islam, no había nada para convidar a los visitantes.

Alí expresó su verguenza. Sin embrago, el Profeta y sus compañeros sabían que la pobreza de Alí era el honor de Alí, era el honor del Islam y era el honor del Enviado de Dios. Tenían la certeza de que si Alí hubiera querido, podría gozar de una vida placentera. No obstante, ese era el modo de vida que él y Fátima habían elegido. Por todo ésto los visitantes serían recibidoscon amor, cariño y paz.

Antes de ponerse de pie, preguntó el Profeta a su yerno: “Querido Alí, ¿No prometerás nada por la curación de mis dos amores? Sin demora, él respondió: “Sí, prometo tres días de ayuno. Si Dios, el Altísimo, los sana ayunaré durante tres días consecutivos”. Al oír estas palabras, dijo Fátima: “También yo ayunaré”. Entonces Hasan y Husain abrieron sus ojos y juntos dijeron: “¡Nosotros también ayunaremos!”.
Los labios del Profeta se posaron sobre los de sus nietos y depositaron tibios y dulces besos.
En el lugar se encontraba una mujer llamada Fidda, que había sido sirvienta de Aminah, madre del Profeta, y que estaba con Fátima voluntariamente, a fin de acompañarla y aprender de ella una lección de vida. Ella, al igual que todos, prometió ayunar.
Poco tiempo después de la promesa, Dios devolvió la salud a Hasan y a Husain. Ambos, sanos y animados, se levantaron de la cama. Había llegado el momento de cumplir la promesa.

Todos los integrantes de la casa comenzaron a ayunar. Sólo había en ella, tres kilos de cebada. Fátima y Fidda la molieron e hicieron pan. Prepararon cinco panes para desayunar, uno para cada uno. Todos esperaban que Alí regresara de la mezquita para desayunar juntos. A su regreso, se sentaron para hacerlo luego de un día de hambre. Todavía no habían comenzado cuando llamaron a la puerta. Era un pobre, un necesitado, un indigente: “¡Oh, familia del Profeta!: ¡Dios les envíe el sustento del paraíso! ¡Ayúdenme! Mi familia y yo estamos hambrientos”. Y no habiendo terminado sus palabras, Alí se levantó para darle su pan.

El pan de Fátima se ubicó sobre el de Alí y luego Hasan, Husain y Fidda pusieron los suyos sobre el resto. Cinco panes, eso quiere decir toda la comida que había en la casa y la misma le fue dada al indigente. Sólo quedó el agua. Cinco ayunantes desayunando sólo agua, agradecen a Dios y destienden el mantel.

Llega el segundo día de ayuno. También preparan cinco panes.

Luego de dos días de hambre y ayuno las manos se acercan al pan caliente, que es lo único que hay. Una vez más llaman a la puerta. “La paz sea con vosotros, ¡Oh Familia del Profeta!: Soy un niño huérfano y no tengo nada para comer. ¡Ayúdenme!”.

Entonces, los cinco panes acompañados de súplicas y bendiciones le fueron otorgados al niño huérfano. Nuevamente desayunaron sólo agua. La hambruna les había quitado fuerzas.

Para el desayuno del tercer día, también había cinco panes. Alí era un hombre fuerte y no le afectaba tanto el hambre, sin embargo Fátima, delgada y débil, Fidda y los niños, que recién habían sanado, apenas podían soportar los dos días de ayuno total. A pesar de ello, ayunaron.
Debían esperar hasta el atardecer, momento en que cada uno con un pan, pondría punto final a tres días de ayuno. Cerca de la hora del desayuno, las manos temblaban por la intensidad del hambre, los ojos de los niños estaban hundidos, y la debilidad les había robado la poca fuerza que tenían. Alí regresó de la Mezquita. Sobre el mantel había cinco panes de cebada y una jarra de agua. “¡Ah! ¡Qué sabroso se ve un pan de cebada después de tres días de ayuno!”. Hasan y Husain se acercaron al mantel y junto con los demás extendieron sus manos hacia el pan. Pero por tercera vez se escuchó golpear a la puerta…Las manos quedaron suspendidas entre el cielo y la tierra. “La paz sea con vosotros, ¡Oh, gente de la casa de Muhammad! Ayuden a un hombre que acaba de salir de prisión”.

Nadie se demoró. Las manos extendidas entregan los panes, los colocan unos sobre otros y los confían a las manos del hambriento ex- convicto.

Lo único que los deja con vida, lo que los mantiene en pie y hace correr sangre por sus venas, es el deleite que brinda la caridad y el Izar (Altruismo o preferencia de la ventaja ajena antes que la propia). Sólo Dios conoce el valor de tanto sacrificio.

Alí miró los pálidos y decaídos rostros de sus hijos y pensó que una visita al Profeta disminuiría el dolor y les haría olvidar el hambre. Les dijo: “Levántense! Visitaremos a su abuelo, el Profeta”. El deseo y la alegría de verlo los hizo desprenderse del suelo. Juntos, se dirigieron a casa del Profeta. La congoja oprimió la garganta de Muhammad cuando vió a los niños como dos polluelos tiritando por el hambre.

Dijo, con lágrimas en sus ojos: “¿Cómo puedo tolerar ver a mis hijos en estas circunstancias? ¡Dios mío! ¡Mira a la familia de Tu Profeta esforzándose por obtener Tu satisfacción!. ¡Apresúrense!, amados míos, que iremos con mi amada Fátima. ¿Qué le ha sucedido a ella en estos tres días? A Fátima, que es mi alma, que es una parte de mi cuerpo”.

Los ojos de Fátima estaban agotados y sus pies ya no podían mantenerse, de todos modos, continuaba orando. El Profeta la abrazó y lloró tanto que vibraron sus hombros.

¿Quién sería capaz de ver a los que Dios ama, en este estado y no conmoverse? En ese instante un rico aroma perfumó la casa. Y reveló el Arcángel Gabriel al Profeta:
-“¡Oh, Muhammad! ¡Toma el regalo que he traído para tu familia!”.

-“La paz de Dios sea contigo, ¡oh, Gabriel!, ¿qué has traído?”
-“He traído la paz y bendición de Dios y también las aleyas que a ellos se refieren. Por cierto que el valor real lo tiene la acción que satisface a Dios. Yo, Gabriel, el fiel mensajero de la revelación e intermediario entre Dios y vosotros, no considero a ningún obsequio más elevado y mejor que éste”.
En las siguientes aleyas coránicas Dios, el Altísimo, presenta a estos ayunantes como a la mejor de las gentes y describe su morada en el paraíso:

«Ellos son los que cumplen con sus votos y temen el día cuya calamidad será universal que por amor a dios alimentan al menesteroso, al huérfano y al cautivo diciendo: “ciertamente os alimentamos por amor a Dios, no os exigimos recompensa ni gratitud por cierto que tememos de nuestro Señor aquel día funesto, calamitoso”. Mas Dios les preservara de la calamidad de aquel día, y les recibirá con esplendor y jubilo» (Sura 76, Aleyas 7 a 11)

Ya ni Hasan, ni Husain, ni Fátima, ni Fidda, ni Alí sintieron hambre. Su debilidad se convirtió en alegría y ánimo. Todos se prosternaron ante Dios y le dieron gracias por tan inmensa recompensa.

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