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La Primera Visita a Irak

Partimos desde Damasco hacia Bagdad en uno de los coches de una gran Compañía Internacional de Nayaf, el cual tenía aire acondicionado, pues la temperatura llegaba a los 40ºC en Bagdad.

Cuando llegamos, fuimos al barrio de Yamilah, en la zona de Al-Ugal. Entramos a la casa de mi amigo la cual también tenía aire acondicionado, y descansé. Luego me trajo una camisa holgada llamada dishdashah.

Me ofreció algunas frutas y comida, y luego los miembros de su familia vinieron a saludarme con respeto y amabilidad. Su padre me abrazó como si me hubiera conocido de antes. En cuanto a la madre de mi amigo, que estaba de pie junto a la puerta y tenía puesto un manto negro, me saludó y me dio la bienvenida desde allí. Mi amigo se disculpó en nombre de su madre que no podía estrechar mis manos porque eso, entre ellos, no estaba permitido. Aquello me sorprendió mucho y me dije a mí mismo: “Esta gente a la que yo acusé de estar desviada de la religión parece observarla más que nosotros”.

Durante los días de nuestro viaje juntos, me percaté de las nobles costumbres de mi amigo, de su dignidad, su generosidad y su caballerosidad. También noté en él una modestia y piedad que antes no había advertido en nadie más. Sentí que yo no era un extraño, sino que era de su misma casa.

Cuando cayó la oscuridad, subimos a la azotea de la casa donde había algunas camas preparadas para nosotros. Permanecí despierto hasta tarde divagando: ¿Estaba yo despierto o era un sueño? ¿Estaba realmente en Bagdad, cerca de Saiid ‘Abdul Qadir Al-Guilani? Mi amigo sonrió cuando me preguntó qué piensa la gente de Túnez sobre ‘Abdul Qadir Al-Guilani.

Comencé hablándole sobre los milagros que se le atribuyen y sobre todos los lugares que se fundaron en nuestro territorio con su nombre, y que él es el “polo del círculo de la existencia”; así como Muhammad, el Mensajero de Allah, es el Señor de todos los Profetas, ‘Abdul Qadir es el señor de todos los próximos a Allah. Los hombros de todos los santos apenas le llegan a los pies, pues él dijo: “Toda la gente circunvala alrededor de la Casa (de Allah) siete veces, pero la Casa circunvala alrededor de mí y de mis tiendas”.

Traté de convencerlo de que el Shaij ‘Abdul Qadir viene a ver a sus discípulos y seguidores y los trata si están enfermos y los conforta si están en desgracia. Yo había olvidado -o quería olvidar- la influencia de las ideas wahabi sobre mí, que afirman que todo eso es politeísmo. Cuando noté la falta de entusiasmo en mi amigo, traté de convencerme a mí mismo de que todo lo que yo había dicho no era correcto. Además, le pedí su opinión.

Mi amigo sonrió y dijo: “Esta noche ten buen sueño y descansa de la fatiga del viaje. Mañana, si Allah quiere, iremos a visitar la tumba del Shaij ‘Abdul Qadir”.

Yo estaba absolutamente contento con esa noticia y deseé que amaneciera en ese momento. Estaba tan cansado que me quedé profundamente dormido y no me levanté sino hasta que el sol estaba sobre mí y se pasó el tiempo para Salat-ul fayr (oración del alba). Mi amigo me dijo que había tratado varias veces de despertarme pero sin éxito, por lo tanto, me dejó descansar.

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