Page is loading...

La Peregrinación a la casa Sagrada de Allah

Yo tenía dieciocho años de edad cuando la Sociedad Nacional Tunecina de Scouts acordó enviarme como uno de los seis representantes tunecinos, a la primera conferencia para scouts árabe-islámicos que tuvo lugar en La Meca. Yo era el miembro más joven de la misión y ciertamente el menos instruido, pues se encontraban conmigo dos directores de escuela, un profesor de la capital, un periodista y un quinto cuya ocupación yo no conocía, aunque más tarde me di cuenta de que él era un familiar del entonces Ministro de Educación.

El recorrido fue más bien indirecto; nuestra primera parada fue Atenas, donde permanecimos tres días; la próxima fue Amman, la capital de Jordania, en la que permanecimos cuatro días, y luego llegamos a Arabia Saudita y participamos de la conferencia y realizamos los ritos de peregrinación y de ‘Umrah.

No puedo describir lo que sentí cuando me encontré ante la Casa de Allah por primera vez... Mi corazón latía tan rápido que sentí como si se estuviera saliendo de mi pecho para ver esta antigua Casa por sí sólo, y las lágrimas brotaban de mis ojos sin cesar. Imaginé que los ángeles me transportaban sobre los peregrinos hacia arriba del techo de la Sagrada Ka’bah y respondía al llamado de Allah desde allí: “¡Allah!.. Aquí estoy, tu siervo vino hacia Ti para responder a Tu invocación... Labbaika Allahumma, Labbaik”.

Escuchando a otros peregrinos, entendí que la mayoría de ellos había esperado mucho tiempo y ahorrado durante toda su vida para poder llegar a La Meca.

En mi caso, el viaje fue repentino y no me preparé para él. Recuerdo a mi padre cuando vio el boleto del avión y supo de seguro que yo iba a realizar la Peregrinación, llorando, besándome, y diciéndome: “¡Felicitaciones hijo mío! Allah ha determinado que tú debes realizar la Peregrinación antes que yo a esta edad, porque tú eres el hijo de nuestro maestro Ahmad At-Tiyani... Reza por mí en la Casa de Allah para que Él me perdone y conceda la Peregrinación a su Casa Sagrada...”

Sentí que Allah Mismo me convocó, cuidó de mí y me condujo hacia el lugar al que todos anhelan visitar, aunque algunos no pueden hacerlo.

Como respuesta al favor de Allah, me entregué por completo a mis oraciones, Tawaf (circunvalación alrededor de la Ka’bah) y Sa‘i (el trote entre las dos montañas de Safa y Marwa), e incluso bebí abundantemente del agua de Zamzam y subí a las montañas donde la gente se esforzaba por llegar a la cueva de Hira, en la montaña An-Nur. Cuando llegué allí me revolqué en el suelo como si estuviera en el regazo del Noble Profeta, y sentí como si percibiera el perfume de su santa respiración... ¡Qué grandes recuerdos!... Todo aquello dejó en mí una impresión tan profunda que nunca olvidaré.

Allah ha cuidado de mí de muchas maneras, pues fui querido por todo el que conocí en la conferencia, y muchos pidieron mi dirección para escribirme en el futuro. En cuanto a mis compañeros tunecinos, me tuvieron a menos desde el primer encuentro que tuvimos en la Capital de Túnez cuando nos preparábamos para el viaje. Percibí esto por parte de ellos, pero fui paciente porque sabía que la gente del Norte desprecia a la gente del Sur y la considera atrasada. Pronto sus opiniones cambiaron y comenzaron a apreciarme bastante.

A lo largo de todo el viaje y durante la conferencia y la Peregrinación, demostré ser digno de su respeto debido a mi conocimiento sobre poesía y el logro de muchos premios. Regresé a mi país con más de veinte direcciones de mis compañeros de diferentes nacionalidades.

Permanecimos veinticinco días en Arabia Saudita, durante los cuales encontramos a muchos ‘Ulama (sabios musulmanes) y escuchamos sus disertaciones. Fui influido por algunas de las creencias de la secta Wahabi, a la cual admiraba y deseaba que todos los musulmanes la siguieran. En realidad, yo pensaba que habían sido elegidos por Allah de entre todos sus siervos para custodiar Su Casa porque eran las personas más puras y sabias de la creación de Allah sobre la faz de la tierra, pues Allah los había enriquecido con el petróleo para que pudieran asistir y velar por la seguridad de los peregrinos, huéspedes del Misericordioso.

Cuando regresé de la Peregrinación a mi país, yo llevaba puesta la vestimenta nacional saudita, y me sorprendí por la recepción que mi padre había preparado. Mucha gente se congregó en el aeropuerto, dirigida por los Shaij de las órdenes sufis Isawiiah, Tiyaniiah y Qadiriiah, con tambores y banadir1.

Me condujeron a través de las calles de nuestra ciudad gritando La ilaha illa Allah (No hay divinidad sino Allah) y Allahu Akbar (Allah es el más Grande). Cada vez que pasábamos por una mezquita me detenían por un breve momento mientras que la gente a mi alrededor, especialmente los ancianos, venían a felicitarme con lágrimas en sus ojos anhelando ver la Casa de Allah y detenerse frente a la tumba de Su Profeta. La gente no estaba acostumbrada a ver en Qafsa a un joven peregrino (hayy) de mi edad.

Durante ese período, viví los días más felices de mi vida; mucha gente, incluyendo a las personas notables de la ciudad, vinieron a visitarme y a felicitarme. A menudo me pedían que leyera Al-Fatihah (la Sura de Apertura del Corán) con las súplicas en presencia de mi padre. A veces me sentía avergonzado y otras bastante animado. Cada vez que un grupo de visitantes salía, mi madre entraba para desparramar incienso para librarme de la maldad de los envidiosos y de las astucias de los demonios.

Mi padre no detuvo la celebración por tres noches seguidas, a la que asistieron los sufis tiyaníes. Cada día él sacrificaba una oveja para un banquete. La gente me hacía todo tipo de preguntas y en la mayoría de mis respuestas yo elogiaba y mostraba admiración por los sauditas ¡¡A causa de sus esfuerzos por apoyar y difundir el Islam!!

Pronto la gente comenzó a decirme Hayy (Peregrino) y cada vez que alguien llamaba por ese nombre sólo se refería a mí. Gradualmente me volví muy conocido, especialmente en los ámbitos religiosos, como la Hermandad Musulmana, e iba por las mezquitas disertando sobre temas religiosos diciéndole a la gente que no besara las tumbas o tocara las maderas por bendiciones. Hice esfuerzos por convencerlos de que éstos son signos de politeísmo.

Mis actividades comenzaron a aumentar y fui impartiendo lecciones religiosas en las mezquitas los viernes, antes de la Jutbah (discurso) del Imam. Me trasladaba desde la mezquita de Abi Ia‘qub hasta la Gran Mezquita, porque las oraciones del Viernes se celebraban en diferentes momentos en las dos mezquitas; al mediodía en la primera y durante la tarde en la última.

Los domingos mis clases eran en su mayor parte asistidas por los alumnos de la escuela secundaria donde yo enseñaba Tecnología y los principios de la Técnica. Ellos me querían y apreciaban mis esfuerzos, pues les di mucho de mi tiempo al tratar de ayudarles a quitar las nubes de sus mentes debido a las enseñanzas de los profesores de Filosofía ateos, materialistas y comunistas... ¡que eran bastantes! Mis alumnos solían esperar ansiosos estos ciclos religiosos y algunos de ellos venían a mi casa porque solía comprar cantidad de libros islámicos y leerlos minuciosamente para conducirme a mí mismo por encima del nivel de las diferentes preguntas que solían hacerme.

Durante el año en el que hice la Peregrinación a La Meca, completé la otra mitad de mis deberes religiosos al casarme2. Era el deseo de mi madre verme casado antes de que muriese ella, ya que ella había asistido a las bodas de todos mis medio-hermanos. Allah le otorgó lo que deseaba y yo cumplí con lo que ella anhelaba, casándome con una joven mujer a la que yo nunca antes había visto. Mi madre murió después de haber presenciado el nacimiento de mi primer y segundo hijo, y dos años atrás fue precedida por mi padre, quien había hecho, dos años antes, la Peregrinación a La Meca, arrepintiéndose sinceramente de sus pecados.

La Revolución Libia sucedió durante el período en que los árabes y musulmanes estaban percibiendo su vergonzosa derrota en su guerra contra los israelíes y veíamos a un joven, que era el líder de la revolución, hablando en nombre del Islam, rezando entre su gente en la Mezquita y llamando a la liberación de Quds (Palestina).

Me sentí atraído por su ideas, al igual que muchos jóvenes musulmanes de los países árabes e islámicos, y a causa de eso organizamos una visita cultural a Libia y reunimos un grupo constituido por cuarenta docentes. Visitamos el país al comienzo del triunfo de la revolución y cuando regresamos a casa estábamos muy confiados y llenos de esperanza por un mejor futuro para los musulmanes y árabes del mundo entero.

Durante los años previos, mantuve correspondencia con algunos conocidos y mi amistad con algunos de ellos se volvió muy íntima, de modo que insistieron que los visitara. De esa manera, hice todos los preparativos para un viaje durante las vacaciones de verano que duró tres meses. Planeé ir a Libia y a Egipto por carretera y desde allí, a través del mar, hacia Líbano, Siria, Jordania y luego a Arabia Saudita. Me propuse hacer la ‘Umrah allí y renovar mi compromiso con los Wahabitas en cuyo favor hice una campaña entre los jóvenes estudiantes y en las mezquitas que eran frecuentadas por la “Hermandad Musulmana”.

Mi prestigio pasó desde mi ciudad natal hasta otras ciudades vecinas a través de visitantes que a veces asistían a la oración del Viernes, escuchaban las clases, y luego regresaban a sus comunidades. Mi reputación impresionó al Shaij Ismail Al-Hadifi, líder de la orden sufi de Tuzer, capital de Al-Jarid y suelo natal del famoso poeta Abul Qasim Ash-Shabbi. Este Shaij tiene muchos seguidores en Túnez y en el extranjero, especialmente entre las clases obreras de Francia y Alemania.

Recibí una invitación de su parte por medio de sus representantes en Qafsa, quienes me escribieron una larga carta agradeciéndo mis servicios al Islam y a los musulmanes. En la carta afirmaban que las cosas que yo estaba haciendo no me conducirían más cerca de Allah puesto que no seguía la línea de algún Shaij reconocido, según el famoso hadiz entre ellos: “El que no tiene Shaij, ¡su Shaij será el demonio!!”, y también me advertían: “Tú necesitas un Shaij para que te muestre el camino, de lo contrario la mitad de tu conocimiento no estará completo”. Me informaron que Sahibuz Zaman (“El Señor de la Época”. Apodo de Imam Mahdi (P) con el que ellos denominaban a su Shaij), el Shaij Isma‘il mismo, me había elegido entre toda la gente para estar en su reservado círculo de seguidores.

Mi corazón se colmó de alegría cuando supe la novedad; en realidad, lloré a causa de esta atención divina que me había elevado desde una posición alta y buena hacia una más alta y mejor, porque yo había estado siguiendo en el pasado los pasos de Saiid Al-Hadi Al-Hafian, quien era un Shaij sufi conocido por lo que se cuenta de sus muchos milagros y portentos realizados, y yo había llegado a ser uno de sus seguidores más fieles. Además, acompañé a Saiid Saleh Bissa’ih, a Saiid Al-Guilani y a otros líderes sufis contemporáneos; por lo tanto, esperé ansiosamente aquel encuentro.

Cuando entré a la casa del Shaij, examiné curiosamente los rostros, y el lugar estaba lleno de seguidores, entre los cuales había religiosos usando túnicas de color claro. Después de los saludos protocolares, el Shaij Isma‘il se presentó y cada uno se levantó y comenzó a besar sus manos con gran respeto. Su asistente me guiñó un ojo para decirme que éste era el Shaij, pero no demostré ningún entusiasmo ya que esperaba algo diferente a lo que estaba viendo.

Había dibujado un cuadro imaginario de él en mi mente de acuerdo a lo que sus representantes y seguidores me habían hablado sobre sus milagros y portentos, y todo lo que vi fue a un anciano corriente sin solemnidad ni deferencia. Durante el encuentro fui presentado a él por su asistente y el Shaij me recibió afectuosamente, me sentó a su derecha y me ofreció algo de comer.

Después de la cena comenzó la ceremonia ritual y el asistente me presentó nuevamente para prestar juramento al Shaij. Todos me felicitaron después de eso abrazándome y bendiciéndome. Más tarde comprendí, a través de su conversación, que ellos habían oído mucho sobre mí, lo que me animó a discrepar con algunas de las respuestas dadas por el Shaij a preguntas de la audiencia, basando mi punto de vista en el Corán y en la Sunnah.

Tal comportamiento llevó a algunos de los presentes a expresar su disgusto y a considerar eso como malos modales en presencia del Shaij, pues tenían la costumbre de no hablar en su presencia sino con su permiso. El Shaij percibió la inquietante atmósfera y trató de apaciguar la situación usando su ingenio; él dijo: “Aquel cuyo comienzo está encendido, su final será resplandeciente”. Los oyentes tomaron eso como un signo de parte del Shaij que garantizaría mi final resplandeciente y me felicitaron por ello. Sin embargo el Shaij era ingenioso y muy hábil, por lo tanto no me permitió continuar con esa molesta incursión y nos narró la siguiente historia:

“Un día un hombre sabio asistió a una clase conducida por cierto místico. El místico pidió al hombre sabio que fuera y se purificara con el gusl (baño ritual); por lo tanto el hombre sabio fue y se purificó; luego regresó a la clase. El místico reiteró su demanda: ‘Vé y purifícate’. El hombre sabio fue y nuevamente se purificó pensando que la primera vez no lo había hecho correctamente. Cuando regresó a la clase, el místico nuevamente le dijo que se purificara. El hombre sabio comenzó a llorar y dijo: ‘Maestro, yo me he purificado según mi conocimiento y práctica y sólo falta que Allah, a través de ti, lo apruebe’. En ese momento el místico dijo: ‘Ahora puedes sentarte’”.

Me percaté de que era a mí a quien se refería el Shaij en la historia, y todos los demás se dieron cuenta también, ya que me increparon cuando el Shaij nos dejó para tomar un descanso. Me pidieron que permaneciera en silencio y que mostrara respeto en presencia del Shaij de la Época, no sea que haga vanas mis obras, basando su argumento en el versículo coránico:

«¡Creyentes! ¡No elevéis vuestra voz por encima de la del Profeta! ¡No le habléis en voz alta, como hacéis entre vosotros! Os expondríais a hacer vanas vuestras obras sin daros cuenta» (Sagrado Corán; 49:2)

Entonces reconocí mis límites, por lo tanto cumplí y obedecí las órdenes y consejos. El Shaij me mantuvo cerca suyo y posteriormente permanecí con él tres días, durante los cuales le hice muchas preguntas, algunas de ellas para poner a prueba su conocimiento.

El Shaij sabía eso y solía responderme diciéndome que en el Corán hay cosas manifiestas y otras ocultas hasta en un séptimo grado, uno más oculto que el anterior. Él abrió su caja fuerte privada para mí y me mostró su silsilah (serie ininterrumpida de maestros) que contenía los nombres de personas sabias y piadosas que lo conectaban y relacionaban con el Imam Ali -que Allah ilumine su rostro-, por medio de muchas personas tales como Abul Hasan Ash-Shadhili.

Vale la pena mencionar aquí que estos encuentros que eran conducidos por el Shaij son espirituales, y generalmente comienzan con la recitación melodiosa, por parte del Shaij, de algunas aleyas del Corán. Tras eso lee unos cuantos versos poéticos y lo acompañan los discípulos con cánticos y “Dhikr” que memorizan. Estos cánticos están principalmente centrados en el renunciamiento a esta vida, el deseo de procurar el más allá, y en el desapego y la abstinencia.

Después de haber finalizado esta parte, el primer discípulo del lado derecho del Shaij lee lo que él puede del Corán y cuando dice: “Allah el Grandísimo es Veraz”, el Shaij comienza a recitar una nueva poesía y toda la congregación lo ayuda a terminarla; luego cada persona lee una aleya coránica. Después de esto, los hombres comienzan a inclinarse poco a poco hacia la izquierda y hacia la derecha, moviéndose al ritmo de los cánticos hasta que el Shaij se levanta, y con él toda la congregación, formando un círculo con él en el centro.

Después comienzan a repetir obsesionadamente: “Ah, Ah, Ah...”, y el Shaij da vueltas en el centro dirigiéndose cada vez a uno de ellos hasta que el ritmo se torna vehemente y comienzan a hacer movimientos mientras vociferan en forma parecida al sonido de los tambores. Algunos saltan con movimientos alocados y elevan sus voces con sonidos coordinados pero irritantes, hasta que vuelve la quietud después del esfuerzo y la fatiga. El Shaij lee los últimos trozos del cántico poético y todos circulan uno tras otro para besar la cabeza y los hombros del Shaij. Luego todos se sientan.

Participé con aquellas personas en algunos de sus ritos, pero no con convencimiento, ya que contradecían mis creencias de no atribuir ningún asociado a Allah, es decir, no adorar a nadie sino a Allah. Caí en el piso con lágrimas en los ojos, confundido y desconcertado entre dos ideas contrapuestas. Una era la ideología sufi, en la que el ser humano vive en un ambiente sumamente espiritual y está profundamente lleno de sentimientos de ascetismo, desapego y acercamiento a Allah, por medio de Sus santos piadosos y Sus siervos sabios. La otra era la ideología Wahabi que me había enseñado que todo eso era atribuir asociados a Allah y que Allah no perdona el politeísmo.

Si el mismo Muhammad, el Enviado de Dios (BP), no puede beneficiarnos ni podemos dirigirnos a él para que interceda ante Allah, Alabado sea, entonces, ¿qué valor pueden tener estos santos y virtuosos que vinieron después de él?

A pesar de la nueva posición que me había otorgado el Shaij, pues me nombró su asistente en Qafsa, yo no estaba totalmente convencido interiormente, si bien a veces simpatizaba con las órdenes sufis, y sentía que debía continuar respetándolas y venerándolas por consideración a aquellos santos y virtuosos de entre los siervos de Allah. A menudo discutía y polemizaba basando mis argumentos en la aleya coránica:

«Y no invoquéis junto a Allah a otro dios, pues no hay divinidad excepto El» (Sagrado Corán: 28:88)

Y si alguien me decía que Allah el Altísimo dijo:

«¡Oh creyentes! Temed a Allah y procurad el medio para llegar a Él» (Sagrado Corán: 5:35),

...rápidamente respondía a éste como me enseñaron los ‘Ulama sauditas: “El ‘medio’ se refiere a la acción sincera”.

De todas maneras viví aquel confuso período con las ideas desordenadas. A veces algunos discípulos venían a mi casa y organizábamos metódicas veladas y llevábamos a cabo Al-‘Imarah (un tipo de dhikr).

Los vecinos comenzaron a quejarse por los molestos sonidos que salían de nuestras gargantas al decir “Ah”, aunque no me lo manifestaban a mí, sino que se quejaban ante mi esposa, por medio de las suyas.

Cuando me enteré de esto le pedí al grupo que celebrara los dhikr en la casa de alguno de ellos y me disculpé diciendo que haría un viaje al extranjero por tres meses... Me despedí de mi familia y de mis amigos y me encomendé sólo a Allah, pues no le asocio nada a Él.

  • 1. Banadir: Especie de tambores en forma de pandereta utilizados por los sufis para las alabanzas y dhikr. Se dice que el primero en usarlos fue Saiid ‘Abdus Salam Al-Asmari y que su bandir le fue bajado del cielo(!)
  • 2. N. del T.: refiriéndose a un dicho del Profeta (BP) donde considera al hecho de casarse como haber cumpido con la mitad de los deberes religiosos.

Share this page