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Un Viaje afortunado, en Egipto

Mi estadía en Trípoli, capital de Libia, no se prolongó sino lo necesario para obtener el visado de la Embajada egipcia para entrar a la tierra de Kinana, es decir, Egipto. Encontré allí muchos amigos que me ayudaron; que Allah recompense sus esfuerzos. En el camino hacia El Cairo, un largo camino que nos tomó tres días con sus noches, compartí un taxi con cuatro egipcios que trabajaban en Libia, que volvían a su patria.

A través del viaje yo conversaba con ellos y les leía el Corán por lo que me gané su afecto y cada uno me invitó a hospedarme con ellos. Elegí a uno: Ahmad, de quien me sentía complacido por su piedad y temor a Allah, que me brindó un alto nivel de hospitalidad y acogida -que Allah lo recompense-.

Permanecí en El Cairo veinte días, durante los cuales visité al cantante Farid Al-Atrash, en su departamento con vista al Nilo, a quien yo admiraba por lo que había leído sobre su moral y humildad en las revistas egipcias que nos llegaban a Túnez, pero sólo logré encontrarme con él por veinte minutos porque se disponía a salir hacia el aeropuerto, para viajar al Líbano.

También visité al Shaij ‘Abdul Basit Muhammad ‘Abdus Samad, el famoso recitador del Corán, quien me maravilló sobremanera. Permanecí con él tres días y durante ese tiempo debatí con sus amigos y parientes sobre muchos temas. Se sorprendieron por mi entusiasmo religioso, por mi sinceridad y por mis conocimientos. Si hablaban sobre arte, yo opinaba; y si hablaban sobre ascetismo y sufismo, les contaba que yo seguía la orden Tiyani, e igualmente la Madani. Si hablaban sobre Occidente, les narraba sobre París, Londres, Bélgica, Holanda, Italia y España, a los que visité durante las vacaciones de verano; y si hablaban sobre la Peregrinación, les contaba que había hecho la Peregrinación a La Meca y que estaba en camino a realizar la ‘Umrah.

Les narraba sobre los lugares que no eran conocidos ni por gente que había estado en la Peregrinación siete veces, tales como las cuevas de Hira’ y Zaur, y el Altar de Isma‘il. Si hablaban sobre ciencias y descubrimientos, les indicaba los nombres y definiciones científicos; y si discutíamos sobre política, los dejaba callados con mis puntos de vista, diciendo: “Pueda Allah bendecir el alma de An-Nasir Salah-ud Din Al-Aiiubi (Saladino), quien se prohibió a sí mismo sonreír y mucho menos reír, y cuando alguno de sus íntimos amigos lo criticaba diciendo: “Al gran Profeta (BP) a menudo se lo veía sonriendo hasta mostrar sus dientes”, él les contestaba: “¿Cómo quieres que sonría cuando la Mezquita Al-Aqsa está ocupada por los enemigos de Allah?... ¡No!.. Por Allah que no sonreiré hasta que la libere o muera”.

Algunos de los Shaij de Al-Azhar solían venir a estos encuentros y se sorprendían de cómo yo había memorizado aleyas coránicas y dichos del Gran Profeta Muhammad (BP); además estaban impresionados por mis fuertes argumentos y me preguntaban en qué universidad me había graduado. Solía responderles orgullosamente que me había graduado en la Universidad Az-Zaitunah que fue fundada antes que Al-Azhar, y añadía que los Fatimidas -quienes fundaron Al-Azhar- provenían de la ciudad Al-Mahdiah, en Túnez.

Así conocí a muchas personas sabias y virtuosas en la distinguida Universidad Al-Azhar, quienes me obsequiaron algunos libros.

Cierto día, mientras me encontraba en la oficina de un responsable de los asuntos de Al-Azhar, un miembro de la Junta de Mando de la Revolución Egipcia llegó para invitarlo a una reunión de Comunidades Musulmanas y Coptas en una de las más grandes Compañías Egipcias de Ferrocarril de El Cairo. Esto fue inmediatamente después de los actos de sabotaje acaecidos después de la guerra de Junio.

Él no quería ir a menos que yo lo acompañara, por lo tanto acepté la invitación y me senté en el sitial de honor entre la gente de Al-Azhar y el padre Shnodah. También se me pidió que dirigiera unas palabras a los presentes, lo que hice con facilidad debido a mi experiencia en dar clases en las Mezquitas y Juntas Culturales de mi país.

Lo principal de todo lo que he mencionado en este capítulo es que comencé a sentirme muy grande y me dominaron algunos sentimientos de vanidad, e imaginé que efectivamente yo había llegado a ser un sabio. ¿Y por qué no habría de sentirme de ese modo, cuando así lo habían testimoniado los ‘Ulama de la distinguida Al-Azhar?; algunos de ellos me dijeron: “Tu lugar debería estar aquí, en Al-Azhar”.

Lo que realmente me hizo sentir honrado y orgulloso de mí mismo, fue el hecho de que el Enviado de Allah (BP) me permitiera ver algunas de sus reliquias. El responsable de la Mezquita de Saiid Al-Husain, en El Cairo, me llevó a una habitación que solamente él podía abrir. Después que entré, él echó llave detrás nuestro, abrió un cofre y sacó la camisa del Gran Profeta (BP) para mostrármela. Besé la camisa; luego me mostró otras reliquias que pertenecían al Profeta (BP) y salí de la habitación llorando e impresionado por la atención del Profeta hacia mi persona en especial. Además, el responsable de la mezquita no me pidió ni un centavo; en realidad, él se rehusó a tomar lo que yo le ofrecía y tan sólo aceptó algo después de mi insistencia. Luego me felicitó por ser uno de aquellos que han sido honrados por la gracia del Gran Profeta (BP).

Tan profunda impresión dejó en mí este suceso, que pensé por varias noches sobre lo que los wahabi dicen respecto a que el Gran Profeta murió y terminó su misión como cualquier otra persona al morir.

No me conformó esa idea y me convencí de la falsedad de esa creencia, pues si el mártir que muere luchando en el sendero de Allah no está muerto sino vive ante su Señor, siendo agraciado, entonces, ¿cómo podría ser de otra manera con el maestro de los primeros y los últimos? Estos sentimientos crecieron intensamente, aclarándose sobre la base de lo que había aprendido con anterioridad de los Sufis, quienes dan a sus Shaij y santos capacidad de poder e influencia en el curso de los sucesos, reconociendo que sólo Allah es El que les da ese poder, porque ellos Le obedecen, Alabado sea, y aceptan Su designio. ¿Acaso no se expresa en el sagrado dicho: “Obedéceme siervo Mío y serás como Yo. Dirás que algo sea, y será?”.

Esta lucha interna comenzó a surtir efecto en mí. Para entonces yo ya había llegado al final de mi estadía en Egipto, pero no antes de visitar, en los últimos días, una cantidad de mezquitas, y rezar en todas ellas: desde las mezquitas de Malik y Abu Hanifah, hasta las de Ash-Shafi‘i y Ahmad ibn Hanbal; luego las de Saiidah Zainab y Saiid Al-Husain. También visité la zawiah de la orden sufi de Tiyani.

Tengo muchas y largas anécdotas sobre estas visitas, pero prefiero ser breve.

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