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Un Encuentro a bordo del buque

Llegué a Alejandría el día programado, a tiempo para reservar un lugar en el buque egipcio que se dirigía a Beirut. Me sentía agotado y exhausto, tanto física como mentalmente, por lo tanto, tan pronto como subí al buque fui a la cama que me fue asignada. Habré dormido un poco y el buque navegado unas dos o tres horas, cuando me despertó la voz de mi vecino diciendo: “El hermano parece estar cansado”. Yo respondí: “Así es, pues me fatigó el viaje desde El Cairo hasta Alejandría porque madrugué para llegar a término, por lo tanto dormí muy poco anoche”.

Me di cuenta por su acento que el hombre no era egipcio, y, como de costumbre, mi curiosidad me impulsó a saber de él, por lo que me presenté. Supe que era un profesor iraquí de la Universidad de Bagdad y su nombre era Mun‘im. Había venido a El Cairo a presentar su tesis doctoral en Filosofía, en la Universidad Al-Azhar.

Comenzamos nuestra conversación hablando sobre Egipto, el mundo árabe y musulmán, la derrota árabe y la victoria de los judíos y sobre otros temas afligentes. Mientras conversábamos, dije que la razón de la derrota era a causa de las divisiones de los árabes y musulmanes en pequeños países y en múltiples sectas y escuelas filosóficas, pues a pesar de su gran número, no tienen peso ni valor ante sus enemigos.

Hablamos mucho sobre Egipto y los egipcios, y ambos estuvimos de acuerdo en las razones de la derrota. Añadí que estaba en contra de estas divisiones que nos eran acentuadas por los poderes imperialistas a fin de facilitarles nuestra ocupación y humillación, y que nos continuábamos diferenciándonos hasta entre los Hanafi y los Maliki; y le conté un penoso suceso que me ocurrió en la Mezquita de Abu Hanifah, en El Cairo.

Mientras estaba allí, recé la oración de la tarde (Al-‘Asr) con los hombres; y después de que finalizamos, el hombre que estaba ubicado junto a mí me preguntó con enfado: “¿Por qué no cruzas tus manos durante las oraciones?”. Le respondí con respeto y cortesía que los Maliki prefieren dejar caer sus manos a los costados, y que yo era un Maliki, y me dijo: “Ve, pues, a la mezquita de los Maliki y reza allí”. Abandoné la mezquita sintiéndome hastiado y disgustado por ese comportamiento que me dejó sumamente perplejo.

Entonces el profesor iraquí sonrió y me dijo que él era Shi‘a. Me inquieté por esta noticia y sin reflexionar, dije: “Si hubiera sabido que tú eras Shi‘a, no hubiera hablado contigo”. Él preguntó: “¿Por qué?”. Respondí: “Porque ustedes no son musulmanes. Ustedes adoran a Ali ibn Abi Talib, y los moderados de entre ustedes adoran a Allah, pero no creen en el mensaje del Profeta Muhammad (BP). Ustedes maldicen al Arcángel Gabriel porque creen que traicionó lo que se le había confiado. ¡En lugar de entregar el mensaje a Ali se lo dio a Muhammad!”.

Continué con este tipo de relatos mientras mi compañero sonreía a veces, y otras decía: “No hay poder ni fuerza excepto en Allah, Altísimo y Majestuoso”. Cuando terminé de hablar, me preguntó nuevamente: “¿Tú eres un profesor que enseña a estudiantes?”. Le respondí: “Sí”. Él dijo: “Si eso es lo que piensan los profesores, entonces no podemos culpar a la gente común que no tiene cultura”. Dije: “¿Qué te propones?”. Respondió: “Perdóname, pero ¿de dónde sacaste esas falsas acusaciones?”. Yo le dije que de los libros de historia y de lo conocido por toda la gente. Él dijo: “Bien, dejemos a la gente, pero ¿puedes decirme qué libros de historia has leído?”.

Comencé mencionando algunos libros, tales como: Fayrul Islam, Duhal Islam, Zhuhrul Islam, de Ahmad Amin, y muchos otros. Preguntó: “¿Desde cuándo Ahmad Amin es una autoridad en la Shi‘a?”. Y añadió: “Para ser justo y objetivo, uno debe que remitirse a las fuentes originales reconocidas del tema”. Le dije: “¿Por qué debo investigar un tema que es de común conocimiento?”. Respondió: “Ahmad Amin ha visitado Irak, y yo fui uno de los profesores que él conoció en Nayaf, y cuando lo increpamos por lo que había escrito sobre la Shi‘a, él dijo que lo sentía, que no sabía nada sobre la Shi‘a y que esa era la primera vez que había conocido Shi‘as. Le dijimos: Esa disculpa es peor que la equivocación, pues, ¿cómo es que sin conocernos ni un poco escribiste todas esas cosas abominables sobre nosotros?”.

Luego añadió: “Hermano, si juzgamos a los judíos y a los cristianos acusándolos de estar equivocados, por medio del Corán, ésta sería una prueba absoluta según nosotros, pero ellos no la reconocerían. La prueba sería más fuerte y firme si evidenciáramos sus errores en los libros que ellos creen, de acuerdo a la aleya:

«....Y atestiguó alguien de su misma familia» (Sagrado Corán; 12:26)

Sus palabras cayeron sobre mí como el agua pura sobre un hombre sediento y cambié mi posición de crítico molesto a la de inquieto investigador, pues sentí que había un argumento lógico y fuerte; por lo tanto yo debía mostrar humildad y prestar atención.

Le dije: “¿Acaso tú eres de entre quienes creen en el mensaje de nuestro Profeta Muhammad?”. Respondió: “¡La Bendición y la Paz sean con él y su descendencia! Cualquier Shi‘a como yo cree eso. Hermano, deberías asegurarte tú mismo de aquello, hasta que tengas una prueba evidente sobre el tema. No pienses en tus hermanos Shi‘as conjeturando, pues...

«Parte de la suposición es pecado» (Sagrado Corán; 49:12)

Y añadió: “Si verdaderamente deseas conocer la verdad, obsérvala con tus propios ojos, y pon certeza en tu corazón a través de ellos. Te invito a visitar Irak para que te pongas en contacto con los ‘Ulama Shi'as, como así también con la gente común, y de esa manera reconocerás las mentiras de los tendenciosos y malintencionados”.

Yo dije: “Ha sido mi deseo visitar Irak algún día para ver sus famosos patrimonios islámicos, los cuales fueron legados por los Abbasidas, y en particular aquellos de Harun Ar-Rashid, pero... en primer lugar, mis recursos financieros son limitados, pues sólo he dispuesto de lo suficiente como para realizar la ‘Umrah. En segundo lugar, el pasaporte que llevo no me permite entrar a Irak”.

Él respondió: “Primeramente, cuando te invité a venir a Irak, eso significaba que me haría cargo de todos tus gastos de viaje entre Beirut y Bagdad, de ida y vuelta; y mientras estuvieras en Irak, permanecerías conmigo, porque eres mi invitado. En segundo lugar, con respecto al pasaporte que no te permite entrar a Irak, dejémoslo a Allah, Alabado y Elevado sea, que si Allah ha decretado que visites Irak, entonces será, aun sin pasaporte. Vamos a tratar de obtener un visado de entrada para ti tan pronto como lleguemos a Beirut”.

Yo estaba contento por aquella oferta y le prometí a mi amigo responder a su propuesta al día siguiente, si Allah el Altísimo lo quería.

Salí del dormitorio y subí a la cubierta del buque para tomar aire fresco. Tenía un pensamiento nuevo y mi mente volaba por el mar que cubría el horizonte. Glorifiqué a mi Dios, Quien creó el universo, Quien es El Digno de Elogio. Le agradecí el que me hubiera llevado a ese lugar. Le pedí, Alabado y Elevado sea, que me protegiera de todo lo malo, y que me preservara de los errores y las equivocaciones.

Mis pensamientos vagaban y una serie de eventos que había experimentado en el pasado, y la felicidad que saboreé en mi infancia hasta ese día, se presentaron ante mis ojos como en una película...Y soñé con un futuro mejor. Sentía como si Allah y Su Mensajero estuvieran proporcionándome un cuidado especial. Miré en dirección a Egipto, cuyas costas aparecieron por última vez en el horizonte, y despedí esa tierra en donde había besado la camisa del Mensajero de Allah (BP). Ese es el más precioso de mis recuerdos de Egipto.

Volví a pensar en las palabras del Shi‘a, las que me dieron una gran alegría, ya que satisfacería un viejo sueño mío, es decir, visitar Irak, aquel país que me hacía dibujar en la mente la Corte de Ar-Rashid y Al-Ma’mun, el fundador de Dar-ul Hikmah (Casa de la Sabiduría), que fue procurada por estudiantes de las diferentes ciencias desde Occidente, en los días en que la civilización islámica estaba en su cúspide. Además, es el país del Shaij ‘Abdul Qadir Al-Guilani, cuya reputación se había extendido a todos los países y cuya orden sufi se había introducido en cada aldea...

Un hombre cuya nobleza superó a la de los demás. He aquí que era una nueva atención de parte de Allah, el que yo pudiera realizar este sueño.

Comencé a vagar y a nadar en el mar de la imaginación y de la esperanza, hasta que me despertó el sonido del altavoz que llamaba a los pasajeros para que fueran al comedor por su cena. Me encaminé en dirección a dicho lugar, pero encontré que la gente, como de costumbre en cualquier aglomeración, se congestionaba y cada uno quería entrar antes que el otro, y aumentaban los gritos y la confusión.

De repente sentí que el Shi‘a cortésmente tomaba de mi ropa para retirarme a un costado y decirme: “Ven aquí hermano. No te abrumes. Ya comeremos más tarde sin todo este gentío... Te busqué por todas partes”. Luego me preguntó: “¿Ya has rezado?”. Respondí: “No, aún no lo hice”. Dijo: “Entonces vamos a rezar. Más tarde vendremos a comer, cuando éstos terminen de gritar y de aglomerarse”.

Me gustó esta idea, por lo tanto lo acompañé a un lugar apartado de la gente, donde hice la ablución; entonces le pedí que dirigiera la oración para ponerlo a prueba y para ver cómo rezaba, aunque tuviera que repetir después mi rezo. Tan pronto como comenzó con la oración del ocaso (magrib) y empezó a recitar las aleyas coránicas y a leer varias súplicas, cambié de opinión. Sentí como si estuviera siendo guiado en la oración por uno de esos distinguidos Compañeros del Profeta sobre quienes tanto había leído sobre su piedad y temor a Allah. Después de terminar su oración, extendió las súplicas.

Yo no había oído antes esas súplicas ni en mi país, ni en los países que conocí. Sentía sosiego y tranquilidad cada vez que lo oía alabando al Profeta Muhammad (BP) y a su familia, brindándoles dignos elogios.

Después de la oración, noté lágrimas en sus ojos; además lo oí pidiéndole a Allah que abriera mis ojos y me guiara.

Fuimos al comedor que estaba casi vacío y él no se sentó sino hasta que yo lo hube hecho. Nos trajeron dos platos de comida, y lo vi cambiar su plato por el mío porque el suyo tenía una porción más de carne.

Me trataba benévolamente como si yo fuera su invitado. Me contó varias narraciones que yo nunca había escuchado antes, concernientes a la comida, a la bebida y a los modales en la mesa. Me sorprendió su educación. Rezamos la oración de la noche (‘isha) y las extendió recitando largas súplicas que me hicieron llorar; luego pedí a Allah, Alabado sea, que aclarara mis dudas sobre el hombre, porque, «Parte de las suposición es pecado». Pero, ¿quién sabe?

Me dormí aquella noche soñando con Irak y las Mil y Una Noches, y fui despertado por mi amigo que llamaba a las oraciones del alba (Fayr).
Rezamos juntos; luego nos sentamos y hablamos sobre las bendiciones de Allah sobre los musulmanes.

Regresamos a dormir y cuando me levanté nuevamente, lo encontré sentado en su cama con un masbahah (especie de rosario islámico) entre sus manos, mencionando el nombre de Allah; por lo tanto me sentí más complacido con él, y le pedí perdón a Dios.

Estábamos almorzando en la cantina cuando oímos desde el altavoz que el buque estaba aproximándose a las costas libanesas y que, con la ayuda de Allah, estaríamos en el puerto de Beirut al cabo de dos horas.

Mi amigo me preguntó si es que yo había pensado sobre el asunto y qué era lo que había decidido. Le dije que si Allah quería y obtenía un visado de entrada, entonces no veía ningún impedimento y le agradecí su invitación.

Llegamos a Beirut donde pasamos una noche, y desde allí partimos hacia Damasco. Tan pronto como llegamos, fuimos a la Embajada de Irak y obtuvimos un visado con tan asombrosa rapidez que no podía creerlo. Cuando dejamos la Embajada él me felicitó y engrandeció a Allah por Su ayuda.

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