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El comienzo del cambio

Permanecí confuso y perturbado durante tres meses, aun estando dormido, y mis ideas disputaban entre sí, mientras se agitaban dentro mío las presunciones y conjeturas.

Temía por mi alma a causa de los Compañeros, cuyas vidas yo estaba investigando, pues encontré muchas contradicciones sorprendentes en su comportamiento, siendo que a lo largo de mi vida yo había recibido una educación basada en el respeto y veneración por aquellos considerados amigos de Allah y más sinceros de entre Sus siervos, quienes podrían perjudicar a aquél que hablara mal sobre ellos o les faltara el respeto, incluso en su ausencia o estando muertos.

Yo había leído una vez en Haiat-ul Haiauan-ul Kubra, por Ad-Damiri:
“Un hombre viajaba en una caravana, y durante el viaje se mantuvo insultando a ‘Umar. Sus compañeros trataron de prevenirle contra ello. Cuando este hombre fue a orinar, una serpiente negra lo mordió y murió inmediatamente. Cuando cavaron su tumba, encontraron una serpiente negra dentro de ella. Cavaron otra, y sucedió lo mismo, y cada vez que ellos cavaban una nueva tumba, encontraban una serpiente dentro de ella. Luego un hombre sabio les dijo: ‘Sepultadlo donde sea que queráis; aun si cavarais en la tierra entera, encontraríais una serpiente negra. Eso es porque Allah quiere castigarlo en la vida mundanal antes que en la otra, por insultar a nuestro señor ‘Umar’”.

De este modo, mientras estaba esforzándome a través de esta difícil búsqueda, me sentí temeroso y confundido, especialmente porque aprendí en Az-Zaitunah que los mejores Califas fueron Abu Bakr As-Siddiq, luego ‘Umar ibn Al-Jattab Al-Faruq, por medio de quien Allah solía separar lo verdadero de lo falso; después de él ‘Uzman ibn ‘Affan Dhun Nurain, ante cuya presencia los ángeles del Misericordioso se sentían vergonzosos, y después de él Ali ibn Abi Talib, la Puerta de la Ciudad del Conocimiento.

Después de estos cuatro siguen los restantes seis de los diez a quienes se les prometió el Paraíso, que son Talhah, Zubair, Sa‘ad, Sa‘id, ‘Abdur Rahman y Abu ‘Ubaidah. Después de ellos siguen todos los Compañeros.

Continuamente nos enseñaban este argumento junto con la aleya: «No diferenciamos entre ninguno de Sus mensajeros», como una premisa de la obligación de tener la misma opinión sobre cada uno de los Compañeros, sin excepción.

Debido a ello yo temía por mi alma y le pedía perdón a mi Señor en muchas ocasiones, en las que quería dejar la investigación de asuntos como esos que me hacían dudar de los Compañeros del Mensajero de Allah, y que luego me hacían dudar de mi propia religión.

Durante aquel período, a través de mis conversaciones con algunos ‘Ulama, encontré muchas contradicciones que no podían ser aceptadas por personas sensatas. Ellos comenzaron a advertirme que si continuaba con mi investigación sobre los Compañeros, Allah me despojaría de Su gracia y me aniquilaría.

Su continua testarudez y negación de todo lo que yo decía, forzaron mi curiosidad científica y mi deseo por llegar a la verdad, y a lanzarme nuevamente a la investigación, pues sentía una fuerza interior que me instaba a ello.

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