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Críticas de estas afirmaciones

1.- Hemos visto que los comentaristas entrevieron tres explicaciones diferentes y no, como pretende, una única explicación.

2.- Nadie dice que ummi signifique "niño recién nacido que no sabe nada" (el cual se sobreentiende que es aquel que no sabe leer ni escribir). De hecho, esta palabra no es utilizada jamás para aludir a un "recién nacido", sino más bien para los adultos que han quedado en el estado primario desde el punto de vista del arte de escribir y de la lectura. Y cuando se designa a alguien bajo el nombre de ummi, se consideran las categorías de la incompetencia y de la facultad, categorías pertenecientes a la lógica. Sólo se llama ummi a aquel que tiene la posibilidad de aprender, pero que lo hace. Los lógicos musulmanes lo citan a menudo como ejemplo en el capítulo de "La Incompetencia y la Facultad".

3.- Su afirmación, "la última manera de utilizar la palabra ummi consiste en designar así a la persona que ignoraba las Antiguas Escrituras", no es exacta. Pues, según las palabras de los sabios comentaristas y de los lingüistas, llegamos a la conclusión de que esta palabra empleada en plural designaba a los asociadores árabes en oposición a las "Gentes del Libro" por el hecho de su ignorancia respecto del arte de leer y escribir. Probablemente sea un calificativo despectivo que les dieron desde antiguo los judíos y cristianos.

No podemos admitir que las gentes sean calificadas de "analfabetas" simplemente por ignorar la lengua de un libro en particular, mientras que sí pueden escribir y leer en su propia lengua. De todas maneras, la raíz de esta palabra es, o bien umm (madre) o bien umma (comunidad), lo cual significa "permanecer en el estado propio del nacimiento". Por lo demás, ya habíamos explicado que esta palabra no provenía de umm al qura, aunque esta posibilidad haya sido entrevista por los comentaristas. Así pues, el asombro de este erudito hindú no tiene razón de ser.

Por otro lado, algunas narraciones confirman que el sentido del término ummi es iletrado. En Al Bahar, tomo XVI, página 119, figura lo siguiente:

“El mismo Profeta ha dicho: Nosotros somos una comunidad ummi que no leía ni escribía”.

¿Acaso se puede entender del Corán que el Profeta leía y escribía?

El doctor Abdullatif pretende concluir con toda claridad, a partir de los versículos del Corán, que el Profeta sabía leer y escribir. Interpretó entre otros este versículo:

«Dios ha agraciado (con una merced extraordinaria) a los creyentes cuando hizo surgir un Mensajero de ellos mismos que le recita Sus aleyas, les purifica y les enseña el Libro y la Sabiduría aunque antes hubieran estado en un extravío evidente» (Corán, 3:164)

El doctor Abdullatif, basándose en lo que dice el Corán, afirma que una de las primeras obligaciones el Profeta fue la de enseñar el Corán a sus discípulos. Está admitido que aquel que debe enseñar un libro a otros debe al menos, como dice el mismo Corán, saber manejar un cálamo o leer. Como va a verse, este razonamiento es sorprendente porque:

1.- Lo que los musulmanes aceptan unánimemente, y que el doctor pretende rechazar aquí, es que el Profeta no sabía ni leer ni escribir antes de la Revelación, mientras que lo que se puede llegar a conjeturar por este razonamiento es que, a lo sumo, poseía el arte de la escritura tras el mensaje (como lo piensan Sayyid Murtadha, Ash Thalbi y algunos otros más), por lo que la afirmación del doctor es insostenible.

2.- Este razonamiento no se sostiene ni tan siquiera en relación con la época de la Revelación. En efecto, las enseñanzas dadas son de dos tipos: pueden ser el aprendizaje de la escritura y de disciplinas diversas (como las matemáticas) para las que el maestro ha recurrido al cálamo y al papel, pizarra, etc., de manera que el alumno pueda repetir la lección recibida; o también la transmisión de la sabiduría, de la filosofía, de las cualidades morales, de los criterios de acción, etc. Es esta última enseñanza la que deben transmitir los Profetas. En esta enseñanza, el cálamo, el papel y la pizarra no son absolutamente necesarios. Vemos que los sabios al masha'in (equivalente al sentido original de "peripatéticos") han sido nombrados así porque enseñaban andando. Lógicamente, los alumnos deben saber escribir a fin de tomar nota de lo que les ha sido enseñado, protegiéndose así del olvido. Es por lo que el Profeta aconsejaba a sus compañeros: "Encadenad la ciencia". Cuando éstos le preguntaban cómo, respondía: "Con la escritura''.1

El Profeta decía (PBd):

"Dios vuelve próspero a un siervo que ha escuchado mi palabra, la comprende y la transmite a quien no la ha escuchado".2

En otro hadiz, el Profeta bendice a sus representantes (jalifah). Cuando los musulmanes le preguntaron quiénes eran sus representantes, les respondió:

"Son aquellos que vienen después de mí, que han aprendido mis palabras y mi sunnah, y las enseñan a otros”.3

Dijo también que dar un hermoso nombre al hijo, enseñarle a escribir y casarle cuando le llega la pubertad son algunos de los derechos del hijo sobre su padre.

El Corán dice claramente:

«¡Oh, creyentes! Cuando contraigáis entre vosotros una deuda (por causa de un préstamo o un acuerdo) a plazo fijo, escribidlo o que un escribano lo ponga por escrito entre vosotros con equidad» (Corán, 2: 282).

Vemos a los musulmanes orientarse hacia el aprendizaje de la escritura como un arte bendecido, por obediencia a su Corán y a su Profeta (PBd), y como forma de preservar sus enseñanzas religiosas con cuidado, para así cumplir su deber hacia sus hijos e incluso para organizar sus asuntos corrientes.

Es entonces cuando apareció en la historia el despertar de la letra y la pluma, un despertar que hizo de aquel pueblo que no contaba más que con algunas personas que sabían escribir gentes portadoras de ciencias que expandieron la escritura y el estudio al punto de que algunos de entre ellos aprendieron algunas lenguas extranjeras, permitiendo así a la voz del Islam y a su mensaje llegar a los confines del mundo.

Los libros de historia nos relatan que el Profeta (PBd) exigió que cada prisionero de Badr que supiera escribir enseñase la escritura a diez niños de Medina para recuperar su libertad, mientras que los otros fuesen liberados por ser pobres.

En efecto, el Profeta (PBd) dio una gran importancia a la difusión de este arte entre los musulmanes y creó en ellos el interés por la ciencia y el conocimiento. De todas formas, esto no implica en absoluto que el Profeta mismo haya tenido necesidad de recurrir al arte de la escritura para impartir su enseñanza.

El doctor Abdullatif dice:

"Dios menciona la pluma y el libro en el primer versículo coránico. Dicen que esto no constituye una prueba evidente de que el Profeta supiera leer y escribir. ¿Es posible que el Profeta pudiese comunicar el deseo de la ciencia, del conocimiento y de la escritura mientras que él mismo se desentendiera de esto, considerando que él era siempre el primero (en poner en práctica las enseñanzas) en todos los terrenos?".

Esto sigue siendo un razonamiento incorrecto. Habla por sí solo que este versículo prueba que Dios, quien ha revelado el conjunto del Corán a Su servidor a fin de que guiase a la humanidad, y el Profeta, quien ha recibido la Revelación en su santo corazón, conocían el valor de la escritura y del estudio en la vida del hombre. Pero esto no prueba que Dios o Su Profeta utilizasen la lectura, la escritura, la pluma y el papel.

En cuanto a la pregunta "¿Cómo ordena el Profeta algo que él no practica?", es exactamente igual a la pregunta de "¿por qué el médico no toma la medicación que prescribe a sus enfermos?". Claro que el médico, si está enfermo, debe también medicarse, pero ¿es necesario que lo haga si no está afectado por la enfermedad de su paciente? Se debe considerar el hecho de que el Profeta goza de una situación particular, pues no tiene necesidad de leer o de escribir. Pero los hombres están motivados por esta necesidad que les permite adquirir un conocimiento perfecto. Sin la lectura y la escritura, tendrían siempre grandes lagunas.

El Enviado de Dios (PBd) tenía la preeminencia en los dominios de la adoración, de la abnegación, del temor de Dios, de la sinceridad, de la virtud, de las cualidades morales, de la consulta, de la modestia y de todas las virtudes. La ausencia de una cualidad virtuosa sería una falta, pero la cuestión de escribir y leer no entra en este caso. La importancia primordial de la lectura y escritura para la humanidad reside en que permiten al hombre pasar los conocimientos de un individuo a otro, de un pueblo a otro, de una generación a otra. Así el hombre preserva sus saberes del olvido. Esto es igual para el conocimiento de diferentes lenguas: cuantas más lenguas se conocen, más probabilidades se tienen de elegir y adquirir conocimientos.

Vemos, pues, que el conocimiento de la lengua, de la lectura y de la escritura no es una ciencia en el sentido propio del término, aunque representa la llave de las ciencias. La ciencia es la adquisición por el hombre de una realidad y de una ley real, como lo observamos en las ciencias naturales, la lógica, las matemáticas y las disciplinas donde el hombre descubre vínculos reales en la creación, causas y efectos entre los objetos sensibles e inteligibles.

Pero el conocimiento de la lengua y de sus leyes no es una ciencia, pues no nos permite averiguar el vinculo real entre las cosas. Esto no es más que una continuación de situaciones descriptivas que no sobrepasa la suposición y la coherencia lógica, pues esto no es el saber, sino el conocimiento de la lengua, la cual es la llave del saber. Proporciona al hombre las llaves de la adquisición de las ciencias de los demás.

Existe, quizás, sobre el plan de estas situaciones creadas por el hombre efectos reales, como el desarrollo de lenguas y locuciones que manifiestan el perfeccionamiento del pensamiento y que existen según una ley natural, y son la filosofía y la ciencia las que permiten conocer estas leyes naturales. Así, el conocimiento de la lectura y de la escritura es importante, pues permite al hombre poseer la llave que abre las puertas del conocimiento de otros y disfrutar sus tesoros. ¿Debe el Profeta disfrutar del saber de los hombres? Si eso fuera así, entonces ¿dónde estarían el talento, la invención, la iluminación, la inspiración y el aprendizaje directo a partir de la naturaleza? En realidad, la más elemental de las enseñanzas es aquella que se obtiene a partir de escritos y palabras de otros, pues los escritos humanos contienen hechos reales mezclados a hechos imaginarios.

Se cuenta con relación al célebre filósofo francés Descartes que había llamado la atención de numerosas mentes por sus artículos y sus concepciones novedosas. Una de aquellas mentes creía, como el doctor Abdullatif cree, que una vez Descartes estaba sentado en medio de numerosos manuscritos y libros, verdadero tesoro del que extraía todas sus ideas. Fue, pues, a ver al filósofo y le preguntó si podía visitar su biblioteca. Descartes le introdujo en una pieza donde estaba disecando un ciervo y le dijo mostrando al animal: "¡He aquí mi biblioteca! Es de aquí de donde me vienen todas mis ideas".

El entrañable Yamaluddin Asadabadi decía:

"Estoy asombrado por los individuos que pasan su vida leyendo a la luz de una lámpara los libros escritos por otros individuos. ¿No piensan ni una sola vez en estudiar su propia lámpara? Si meditasen sobre la lámpara una noche cerrando sus libros, adquirirían conocimientos más numerosos y más vastos".

Ciertamente, nadie viene a este mundo siendo sabio. Cada uno es al principio ignorante, después aprende progresivamente. Todo el mundo, salvo Dios, es ignorante en su esencia; después se vuelve instruido por el intermedio de otras influencias, y todo hombre tiene necesidad de un maestro, es decir, de una fuerza que le inspire.

Dice el Corán respecto al Profeta Dios:

«¿No te encontré huérfano y te di refugio? ¿No te encontré sin guía y te encaminé? ¿No te encontré pobre y te enriquecí?» (Corán 93:6-8)

Pero el punto esencial es el maestro y quién debe ser. ¿Debe el hombre tomar sus conocimientos de otro hombre? En ese caso, es necesario que sepa leer y escribir. ¿El hombre no tiene la posibilidad de inventar y conocer la creación y la naturaleza, sin depender de otras personas? ¿No puede comunicarse con lo invisible, el Reino de Dios y también con Dios, quien nos hace adquirir el conocimiento y nos guía directamente? El Corán dice:

«No habla por capricho (o pasión propia) No es sino una revelación que se ha hecho. Que le enseñó el muy poderoso (Gabriel)» (Corán 53:3-6)

El Imam ‘Alí comenta así este versículo:

"Dios le asignó [al Profeta – PBd – ], desde la época de su destete, el más grande de Sus Ángeles para guiarle en el camino de los más nobles y hermosos caracteres del mundo".

El poeta persa Al Mawlana también escribió versos sobre este tema.

Ibn Jaldún, en su célebre Al Muqadima, ha consagrado un capítulo a la escritura y a la lectura como parte de los oficios del hombre. Su investigación se basa en la cuestión de saber si la escritura es una perfección para la vida humana y social, al mismo tiempo que exige que unos tengan necesidad de los conocimientos de otros. Tras una discusión concerniente al perfeccionamiento de la escritura en las diferentes civilizaciones y la existencia de la escritura en el Hiyaz, dijo:

"La escritura árabe no estaba muy perfeccionada al principio del Islam ni muy elaborada, pues los árabes eran nómadas y no aprendían este oficio. Por esto, los Compañeros del Profeta no escribieron el Corán revelado con una escritura elaborada y la misma difería de la de quienes enseñaban este arte. Y, a pesar de ello, aquellos que vinieron después imitaron su escritura, bendiciéndoles''.

Luego de esto, Ibn Jaldún menciona que el Profeta (PBd) era iletrado, diciendo en resumidas palabras lo siguiente:

"El Profeta era ummi. Tal condición resultaba una perfección para él, porque él tomaba su ciencia de arriba – del mundo invisible. Pero para nosotros se trata de un defecto, pues equivale a la ignorancia”.

Los otros pasajes coránicos sobre los que se apoya el doctor Abdullatif son los versículos 3 y 4 del sura 98. Él dice:

"Lo que resulta más asombroso es que los comentaristas no se han tomado en consideración este versículo que describe al Profeta de la siguiente manera: ‘Un enviado de parte de Dios, recitándoles hojas purificadas’. Hacemos hincapié en que Dios no dice aquí que el Enviado recita de memoria, sino que tiene hojas ante él".

Para responder a esta precisión, hay que conocer el sentido de la palabra "recitar" y el de la palabra "hojas". La palabra sahifa significa hoja y, si está en plural, significa que hay varias; se trata aquí del Corán, como nos lo muestra claramente el versículo que sigue (el nº 3): "que contiene escritos verdaderos y firmes". En cuanto a la palabra "recitar" (tilawa), no he encontrado ningún léxico indicando que sea sinónimo de "leer". De hecho, tilawa y quira'a (“recitar” y “leer”, respectivamente) son utilizados para la lectura del Corán, así como para la lectura de un texto que ha sido escrito para ser recitado de memoria. Pero "lectura" tiene un sentido más amplio.

En árabe, se utiliza quira'a para el Corán y para otras lecturas, pero no se puede usar tilawa más que para el Corán, no para los libros profanos. El versículo anteriormente citado no dice otra cosa más que el Profeta recitaba el Corán, el cual estaba escrito en hojas. Además, ¿por qué el Profeta tendría necesidad de leer sobre una hoja el texto coránico que se sabía de memoria, igual (o mejor aún) que centenares de musulmanes? El Corán le ha garantizado esto:

«¡Te haremos recitar y no olvidarás nada!» (Corán 87:6)

Hasta ahora, vemos que no se puede deducir en absoluto que haya existido algún versículo coránico que el Enviado supiera leer o escribir, sino todo lo contrario. Aún suponiendo que se pudiese deducir esto, no abarcaría más que el periodo de difusión del Mensaje, mientras que el doctor Abdullatif pretende que el Enviado de Dios sabía leer y escribir antes de la Revelación.

La historia y las tradiciones (Hadices)

El doctor Abdullatif afirma que le es posible apoyar lo que expone a partir de hadices y de la historia. Apela con este propósito a dos acontecimientos: el primero proviene de Bujari, el cual menciona en el capítulo sobre la Ciencia que el Enviado de Dios (PBd) le confió en cierta ocasión una misiva secreta a su yerno ‘Alí, encomendándole que no la abriese y que se ocupase de hacerla llegar a su destinatario. Si el Profeta había confiado una carta a 'Alí tal que el mismo ‘Alí, su yerno y hombre de confianza, no debía leerla, ¿quién podía haberla escrito si no era el Profeta mismo?

El argumento del doctor Abdullatif no es válido, pues está fundado en la personalidad de ‘Alí (P), en tanto que en el relato de Bujari no se menciona que sea precisamente ‘Alí el portador de la carta. Vemos en el capítulo sobre la Ciencia del Sahih Bujari lo siguiente:

"El Profeta envió a un grupo hacia un lugar indicado y escribió una carta que confió a su jefe [al de este grupo], recomendándole no leerla antes de llegar a determinado lugar. Cuando llegaron al sitio indicado, el jefe leyó la carta, informando a sus acompañantes de las órdenes del Profeta".4

No se dice en ninguna parte que su jefe fuese ‘Alí. Además, es el portador mismo de la misiva quien finalmente la lee y no un tercer personaje, como piensa el doctor Abdullatif.

Este relato en realidad hace alusión al episodio de la historia de "El Interior del Palmeral", el cual ha sido relatado de manera similar por las distintas biografías del Profeta. Ibn Hisham5 narra que el portador de la misiva se llamaba Abdullah Ibn Yahsh6 y que el Profeta (PBd) le ordenó no abrirla hasta después de dos días de marcha y ejecutar luego las instrucciones allí detalladas. Esto está confirmado en el Bihar al Anwar. Al Waqidi relata que quien escribió la misiva fue Ubbay Ibn Ka'ab y no el Profeta.

Abdullah Ibn Yahsh dijo:

"El Profeta (que la bendición sea sobre él y sobre su familia) me llamó tras la oración de la noche ('isha) y me dijo que viniese al alba con mis armas, pues me iba a enviar en una misión. Entonces, a la mañana, llegué muy temprano con mi espada, mi arco y mis flechas. El Profeta dirigió la oración del alba y después dejó la reunión. Se encontró conmigo, que me había adelantado, ante la puerta de su casa, donde se hallaba un grupo de Quraishitas. El Profeta hizo llamar a Ubbay Ibn Ka'ab y le dictó una carta. Luego me llamó y me confió un pergamino. Me dijo: 'Te nombro jefe de este grupo. ¡Marchad durante dos días, y después abre esta carta y ejecuta lo que allí se detalla!'. Entonces yo le pregunté qué dirección debemos tomar. Me dijo: 'La de Nydiya, Tulum Raqiya'. Luego de marchar dos días, abrí la carta y leí su contenido. El mensaje decía lo siguiente: 'Ve hasta el lugar llamado El Interior del Palmeral [un sitio entre Meca y Taif]. No obligues a ninguno de tus hombres a acompañarte. Lleva a cabo tu misión con aquellos que deseen permanecer contigo. Observa los camellos de los Quraishitas'”.7

Cuando Abdullah Ibn Yahsh leyó la carta, dijo: 'Yo no obligo a ninguno de vosotros a seguirme. ¡Que aquellos que deseen el martirio por obedecer la orden del Profeta, acompáñenme!'. Pero todos juntos declararon: 'Escuchamos y obedecemos a Dios, al Mensajero y a ti".

El segundo acontecimiento considerado por el doctor Abdullatif es el episodio de Hudaybiyah. Escribió:

"Como relatan Bujari e Ibn Hisham, el Profeta tomó una hoja del tratado y escribió con su propia mano".

Respondemos aquí que Bujari evoca este asunto en uno de sus relatos, pero se contradice en otro. Los sabios sunnitas están casi unánimemente de acuerdo en que la expresión de Bujari puede hacer pensar que el Profeta escribió él mismo, pero que esa no era la intención del narrador. Además, el autor de la Sira Halabiyah menciona esta situación, luego insiste en el hecho de que el Profeta se hizo ayudar de ‘Alí para borrar esa palabra. Cita el hadiz de Bujari y menciona que ciertos sabios piensan que, si él mismo escribió esto, estamos ante un milagro de Dios. Esta interpretación no es, sin embargo, exacta, pues otros sabios lo han interpretado de forma diferente. Este hadiz prueba que el Profeta (PBd) ordenó escribir y no escribió él mismo.

En la Sirah de Ibn Hisham, no se encuentra este relato en absoluto. No entiendo por qué el doctor Abdullatif se lo atribuye.

Con anterioridad, hemos explicado que lo que se deduce de los informes históricos es que todo el acuerdo (de Hudaibiyah) ha sido escrito por la mano de ‘Alí. Ciertamente puede decirse de los relatos de Tabari y de Ibn Al Athir que, aunque habitualmente no escribía, el Profeta escribió aquellas palabras con su propia mano. De todas formas, lo que demuestra esto es que, a lo sumo, el Profeta escribió una o dos veces en la época de la Revelación, mientras que nuestro estudio trata sobre la época anterior al Mensaje.

Hemos dicho al comienzo de esta obra que los enemigos del Profeta del Islam le acusaban de tomar sus enseñanzas de otras personas y de libros escondidos en su casa, pero que jamás le acusaron de saber leer y escribir. Es posible que el Mensajero de Dios (PBd) fuese también acusado de escribir, tal como figura en el versículo 5 del sura 25:

«Son leyendas de los primitivos que él se hizo escribir [aktitab]. Se las dictan mañana y tarde» (5:25)

La respuesta a estas acusaciones, producto de la oposición y del desprecio (lo que el Corán llama "la injusticia" y "el engaño"), es que el versículo no implica claramente que se le acusase de escribir él mismo, pues la palabra aktitab tiene el sentido de “escribir” o el de "pedir a otro que escriba". El contexto del versículo elige el segundo sentido: vemos que la forma verbal aktitab está en pasado, en tanto que el verbo "dictar" (o "leer") está en presente. Esto quiere decir que se le acusa de escuchar en el presente la lectura de libros que habría hecho recopilar en el pasado. Si admitimos que el Profeta sabía leer, ¿por qué razón se los dictarían otros?

El resultado es que los incrédulos que calumniaban al Profeta con toda suerte de acusaciones, describiéndolo como "loco" o "poseído", no han podido acusarle de leer el contenido de libros antiguos y de atribuirse los conocimientos.

  • 1. Al Bihar, tomo II, p. 151.
  • 2. Al Kafi, tomo I, p. 403.
  • 3. Al Bihar, tomo II, p. 144.
  • 4. Sahih de Bujari, cap. "De la Ciencia" Tomo I, p. 28.
  • 5. Sirah, tomo I, p. 601.
  • 6. Uno de los primeros Compañeros emigrado a Abisinia, jefe militar.
  • 7. Bihar al Anwar, tomo 6, cap. 38, p. 575 de la antigua edición.