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Parte 4: Su Fallecimiento

Sección 1: El fallecimiento de Yenâbe Shaij Rayab ‘Alî Jaîiât

Finalmente, el día 22 de Shahrîvar del año 1340 HS (13 de Septiembre de 1961), el fénix de la bendita existencia colmada de bendiciones de Yenâbe Shaij, luego de una vida de auto-desarrollo y formación personal, partió de este mundo. La historia de la ascensión de su alma iluminada hacia el mundo superior es también digna de ser escuchada y posee una moraleja. En esta sección, además de detallar la historia del fallecimiento de Yenâbe Shaij Rayab ‘Alî Jaîiât, referiremos los fallecimientos de otros dos santos divinos, que poseen una gran similitud con el de Yenâbe Shaij. Nos referiremos a ello en las Secciones Segunda y Tercera.

El día anterior a su muerte

El hijo de Yenâbe Shaij, cuenta de la siguiente manera el día anterior a su fallecimiento: “Un día antes de morir, mi padre se encontraba sano. Mi madre no estaba en casa, y no había nadie más que yo. A la tarde, mi padre vino e hizo la ablución y me llamó diciéndome:

“Me siento desganado. Si viene aquella persona a buscar su ropa, dile que el sobrante de tela lo puse en los bolsillos y que todo costó 30 tumanes”.

Mi padre nunca me había encomendado antes que si venía alguien le dijera cuánto era el precio, así que yo no entendía que pasaba”.

El sueño de uno de los discípulos de Yenâbe Shaij:

Uno de los adeptos de Yenâbe Shaij, que había previsto su muerte la noche anterior mediante un sueño verídico, cuenta su fallecimiento de la siguiente manera:

“La noche anterior al día en que partió de este mundo, vi en sueños que estaban cerrando las puertas de las tiendas del sector oeste de la Mezquita Qazwîn. Pregunté: “¿Qué es lo que pasa?”. Dijeron: “Yenâbe Shaij Rayab ‘Alî Jaîiât falleció”. Me desperté preocupado. Eran las tres de la mañana. Encontré que mi sueño tenía señales de ser verídico. Luego del llamado a la oración de la mañana, recé, e inmediatamente me dirigí a la casa del señor Râdmanesh. Él sorprendido me preguntó el motivo de mi visita a deshora. Le conté mi sueño.

Eran las cinco de la mañana y nos dirigimos apresuradamente a la casa de Yenâbe Shaij. Yenâbe Shaij abrió la puerta y entramos y nos sentamos. Yenâbe Shaij se sentó y dijo:

“¿A dónde estabais a esta hora tan temprano?”.

Yo no le conté mi sueño y hablamos un poco. Yenâbe Shaij se recostó sobre un costado y poniendo su mano bajo la cabeza dijo: “¡Digan algo! ¡Lean una poesía!”.

Uno leyó:

خوش‏تر از ايّام عشق ايّام نيست

صبح روز عاشقان را شام نيست

اوقاتِ خوش آن بود كه با دوست به سر شد

باقى همه بى حاصلى و بى خبرى بود

“No hay día mejor que los días del amor

Puesto que la mañana del amor no tiene noche.

Los hermosos momentos fueron los pasados con el Amado

Y todo el resto fue improductivo y vano.”

Yenâbe Shaij en su lecho de muerte:

Todavía no había pasado una hora cuando me percaté de que Yenâbe Shaij se había indispuesto. Le pedí permiso para ir a buscar un médico. Yo estaba seguro que ese día él fallecería.

Yenâbe Shaij dijo:

“Eres libre de hacer lo que quieras”.

El médico prescribió una receta. Fui a buscar los remedios y cuando regresé vi que habían trasladado a Yenâbe Shaij a otra habitación y se encontraba sentado dirigido hacia la qiblah. Habían extendido una sábana blanca sobre sus pies y tocaba la sábana con el pulgar y el índice de su mano.

Me esmeré por observar cómo es que un hombre de Dios se va de este mundo. De repente se vio animado. Era como si alguien le estuviera diciendo algo al oído y dijo:

“In sha’al·lah - (¡Si Dios quiere!)”.

Luego dijo:

“¿Qué día de la semana es hoy? Leed la súplica de este día”.

Yo leí la súplica de ese día y dijo:

“Dele a Seîied Ahmad que él también lea!”.

Él también leyó y luego dijo:

“Elevad vuestras manos al cielo y decid: “¡Oh Generoso al perdonar! ¡Oh Majestuoso al perdonar! ¡Perdón! ¡Dios mío, perdóname!”.

Yo miré a mi amigo y le dije: “Voy atraer al Señor Suheilî, puesto que parece que mi sueño era verídico y está agonizando”. Y me fui”.

¡Mi querido señor! ¡Bienvenido!

Escuchad la continuación de esta historia de boca del hijo de Yenâbe Shaij: “…Vi que la habitación de mi padre estaba repleta de gente. Me dijeron: “Yenâbe Shaij no se encuentra bien”. Inmediatamente ingresé a la habitación y vi que mi padre –que tan sólo momentos antes había hecho la ablución e ingresado a la habitación- se encontraba sentado en dirección a la qiblah. De repente se irguió y se sentó, y con una sonrisa dijo: “¡Mi querido señor! ¡Bienvenido!”. 1

Me dio la mano, se tendió en el lecho y allí falleció ¡mientras todavía tenía la sonrisa en su boca!”.

La primera noche en la tumba

Otro de los amigos de Yenâbe Shaij dice: “En el mundo de los sueños, llegué a la presencia de Yenâbe Shaij en la primera noche en la tumba. Vi que tenía una posición elevada, y estaba recibiendo la atención de Amîr Al-Mu’minîn (P). Me acerqué a donde se encontraba y cuando me vio, me dirigió una mirada muy sutil y cargada de susceptibilidad, y como un padre que le recuerda a su hijo y éste no presta atención, por su mirada recordé que siempre decía:

“¡No procures algo fuera de Dios!”.

Pero nosotros otra vez nos veíamos envueltos en nuestras pasiones. Me acerqué más a él y dijo dos frases:

“La línea de vida, ha de conformarla el hecho de encontrarse ligado íntimamente a Dios y a los santos de Dios”.2

Y la segunda frase:

“Aquel que ha vivido es aquel cuya esposa sacrificó su vestido de novia en el camino de Dios en su noche de bodas”.

والسلام عليه يوم ولد ، ويوم مات ، ويوم يُبعث حيّاً

“¡Paz sobre él, el día en que nació, el día en que murió y el día en que sea resucitado a la vida!”

Sección 2: El fallecimiento del Aiatul·lah Huyyat

Tal como señalamos al principio de esta Parte, al final de esta biografía de Yenâbe Shaij, vimos adecuado mencionar el fallecimiento de otras dos personalidades de entre los awliâ’ o santos de Dios, a causa de la similitud de su fallecimiento con el de Yenâbe Shaij y sus puntos de enseñanza. Una de esas dos personalidades es el Aiatul·lah Huyyat -que la complacencia de Al·lah sea sobre él- quien fue el Marya’ taqlid o referencial religioso de Yenâbe Shaij, y por quien éste sentía gran respeto, y cuyo pecho se encontraba libre del afán de posición y jefatura.3

Ahora leamos la historia del fallecimiento de esa gran personalidad a través de las palabras de su destacado yerno, el Aiatul·lah Hayy Murtadâ Hâerî, que la complacencia de Al·lah sea sobre él, quien fue mi maestro:

La refacción de la casa

Ante todo, si bien tuve el honor de que el Aiatul·lah Huyyat fuera mi maestro y suegro, yo no frecuentaba tanto su casa ni tuve que ver en los asuntos relacionados a su jefatura religiosa, pero él en tiempos del Aiatul·lah Burûyerdî -que la misericordia de Al·lah sea sobre él- prácticamente era el Marya’ absoluto, o por lo menos de la mayoría de los habitantes del Azerbaiján (iraní), e incluso en Teherán, tanto azeríes como no azeríes, tal vez de alguna manera se referían a él en los asuntos religiosos, y él daba una mensualidad a los estudiantes de religión, y dentro de sus limitaciones, en lo que a dinero se refiere, era generoso. En el invierno del año…, aparentemente fue al principio del invierno cuando todavía no hacía demasiado frío, que él se encontraba refaccionando la casa y en otro sector de la misma también se estaba retirando tierra para hacer una nueva construcción, y en otra parte los obreros se encontraban ocupados realizando otras tareas necesarias, entre ellas, cavar un pozo o apuntalar con piedras el mismo, lo cual formaba parte de las cosas imprescindibles de la casa.

¡Yo estoy por morir!:

Un día a la mañana temprano yo4 me presenté ante él en Andarûn. Se encontraba sentado sobre una cama y su estado no era normal. A causa de una bronquitis crónica, generalmente cuando el aire estaba frío él respiraba con mucha dificultad. En ese momento, al comenzar el frío, lo vi más desmejorado de lo normal. Me enteré que él había despachado a los albañiles y obreros. Dije: “¿Por qué despachó a los obreros y albañiles?”. De forma cortante y decidida me dijo:

“¡Yo estoy por morir! Entonces, ¿para qué los obreros?”.

Yo no dije nada y ni siquiera me acuerdo haberme sorprendido mucho por esa respuesta. Luego de ello me dijo:

“¡Querido mío! Por estos días ven por aquí”.

Su propósito era que no me mantuviera tan alejado como antes.

¡Dios mío! ¡Yo cumplí con aquello que me fue preceptuado!:

Cada día a la mañana, luego de concluir con la clase del libro Al-Makâsib (sobre Jurisprudencia Argumental) que yo impartía en la habitación exterior, yo iba a verle, y a veces también al principio de la noche. Un día, que muy probablemente fue un día miércoles, particularmente recibí un mensaje para que fuera a verle por un asunto. Ese día fui y él tenía delante suyo un baúl de hierro –que era el mismo baúl de hierro de su fallecido padre que pasó a su poder, o a lo mejor era otro baúl de hierro, ahora ya tengo dudas-, y frente a él estaba sentado el Hayy Seîied Ahmad Zanyânî.5

Al señor Zanyânî le dio unos papeles, títulos de propiedad y otros. A mí me dio todo el dinero en efectivo que había allí en un estuche para que fuera utilizado en asuntos específicos, una parte de lo cual me correspondía a mí. Ya antes había escrito su testamento del cual había hecho varias copias, una de las cuales me envió a mí y ahora mismo la tengo. Tenía dinero en la ciudad de Nayaf, en la ciudad de Tabriz, en la ciudad de Qom, y también con el fallecido Hayy Muhammad Husain Iazdî, quien fue uno de los albaceas de su fallecido padre -que la misericordia de Al·lah sea sobre él. Él había testado que todo el dinero que estuviera en manos de sus representantes, todo ello formaba parte de los benditos bienes del Imam del Tiempo (P), y asimismo lo era una porción de tierra que luego formaría parte de la mezquita de Aiatul·lah Burûyerdî, la cual él había comprado para hacer una escuela y había registrado con su nombre. En su testamento figuraba que ello también formaba parte de los bienes del Imam del Tiempo y que no debía tratárselo como herencia, y que si el Aiatul·lah Burûyerdî así lo deseaba, debía ponérselo a su disposición para construir una mezquita.

El dinero en efectivo se limitaba a eso que se encontraba en ese estuche y por varios días no aceptó de nadie dinero de los gravámenes religiosos, pero aparentemente el señor Zanyânî lo recibía y el primer día del mes siguiente al que murió, fue el señor Zanyânî el que dio la mensualidad a los estudiantes religiosos. Solamente tenía unos cuantos centavos en los bolsillos que su hija, mi esposa, sacó de sus bolsillos y dispuso bajo el cojín que él usaba de respaldo para darlo como limosna por si él se mejoraba. Eso era común que hicieran las mujeres de esa época, y yo tengo conocimiento de esa costumbre como muy antigua. Separaban la limosna que debían dar como si fuera un objeto en prenda. Solo había quedado ese dinero pero él no lo sabía. Cuando me dio el contenido de ese estuche para que lo hiciera llegar a donde correspondía, mientras elevaba sus manos al cielo dijo:

“¡Dios mío! ¡Yo cumplí con aquello que me fue preceptuado! Tú también haz llegar mi muerte”.

Mi muerte será al mediodía

Yo estaba de frente a él y le dije: “¡Usted está alarmado por nada! Cada año en el invierno a usted le adolece esta misma enfermedad. Después se pondrá bien!”. Dijo:

“No. Mi muerte será al mediodía”.

Yo después no dije nada más y rápidamente me fui a realizar lo que me encomendó, no sea que en realidad falleciera al mediodía y no se supiera qué hacer después con ese dinero, si entregarlo a los herederos o gastarlo en esos asuntos que él indicó. Tomé una carreta y realicé eso antes del mediodía. Pero él ese día al mediodía no falleció…

Un presagio del Corán

Una de esas mismas noches me dijo que le alcanzara un Corán. Abrió el Corán con un estado de abstracción y recogimiento, al principio de la página estaba la frase que dice: «Suya es la invitación del Creador»6, y si mal no recuerdo, él comenzó a llorar y le pidió algo a Dios que ahora ya no recuerdo. Entonces rompió su sello personal esa misma noche o la siguiente.

¡Adelante mi señor ‘Alî!:

Uno de los días cercanos a su fallecimiento, por unos momentos se quedó mirando hacia la puerta y era obvio que estaba observando algo y decía:

“¡Adelante mi señor ‘Alî!”.

Pero no pasó mucho que volvió a su estado normal. En sus últimos dos o tres días, se ocupó de hacer súplicas y recuerdos de Dios, y pidió que se leyera la súplica ‘adliiah, y no recuerdo si fui yo quien lo hice u otra persona. El día de su fallecimiento yo di la clase del Makâsib con toda tranquilidad en mi casa, pero su estado no era bueno. Tras concluir la clase me dirigí a su pequeña habitación en la que estaba tendido. Entonces sólo se encontraba con él su hija –que es mi esposa-. Él tenía su rostro vuelto hacia la pared y estaba realizando súplicas y recuerdos a Dios. Ella me dijo: “Hoy se encuentra un poco intranquilo. Su inquietud aparentemente se debía a esas abundantes súplicas y recuerdos a Dios”. Cuando le saludé me respondió y dijo:

“¿Qué día es hoy?”.

Dije: “Es sábado”.

Dijo: “¿El Aiatul·lah Burûyerdî asistió hoy a dar sus clases?”.

Dije: “Sí”. Desde lo profundo de su corazón, tal vez varias veces dijo:

“¡Alabado sea Dios!”.

También pronunció otras palabras que no escribiremos para no extendernos.

Agua con turbah

Su hija dijo: “Mi padre hoy se encuentra un poco intranquilo. Démosle un poco de turbah (tierra de Karbalâ)”. Dije: “Muy bien”. Ella trajo una taza con agua y un poco de turbah disuelta y yo se lo ofrecí diciéndole: “¡Sírvase!”. Él se sentó y yo le acerqué la taza. Primero él pensó que le traía algo de comida o algún remedio y cuando vio la taza dijo: “¡¿Qué es esto?!”.

Dije: “Es turbah”.

Rápidamente cambió su aspecto y se tomó toda el agua con turbah. Y luego escuché que dijo las siguientes palabras:

“La última provisión que me llevo de este mundo es la turbah de Husain (P)”.

O bien sólo dijo “turbah”, pero creo que dijo lo primero (turbah de Husain) y se durmió dos veces, y volvió al estado en que se encontraba ocupado en súplicas y recuerdos a Dios y luego yo permanecí afuera de la habitación o cerca de allí.

Por pedido suyo, por segunda vez fue leída la súplica ‘adliiah. Seîied Hasan, su segundo hijo, se puso en dirección a la qiblah y él mismo también la leía mientras apoyaba su pecho sobre algo, encontrándose sentado. Tanto en idioma persa como en turco, manifestaba sus creencias con todo su corazón frente a su Creador.

¿Quién podría haber estado en medio?:

Recuerdo que en relación a Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (P), luego de testimoniar su condición de califa del Profeta (BP), decía: “Directamente y sin que nadie haya mediado. Por supuesto que sin que nadie haya estado en medio. Por supuesto que sin que nadie haya estado en medio. ¿Quién podría haber estado en medio?” (esto lo decía en idioma turco).

Respecto a los Imames de la descendencia de ‘Alî (P) él pronunciaba la aleya que dice:

«ضَرَبَ اللَّهُ مَثَلاً كَلِمَةً طَيِّبَةً كَشَجَرَةٍ طَيِّبَةٍ أَصْلُهَا ثَابِتٌ وَفَرْعُهَا فِي السَّمَآءِ»

“El ejemplo de una palabra excelente es como el de un árbol excelente. Sus raíces son firmes y sus ramas están en el cielo”.7

Yo me encontraba parado en un costado y observaba esa escena espiritual sorprendente con total asombro. En un momento se me ocurrió decirle que hiciera alguna súplica por mí, pero la vergüenza me lo impidió, primero porque ese hombre estaba ocupado en su propia persona sin prestar atención a lo que le rodeaba, y se veía a sí mismo cumpliendo con sus deberes para con Dios antes de morir. Segundo, porque a lo mejor tal pedido hubiera dejado entrever que nosotros nos habíamos percatado que le había llegado la hora de su muerte y que ya nos habíamos hecho la idea de ello.

Así que yo permanecí silencioso atrás de esa escena y asimismo otras personas, una de los cuales era su segundo hijo Seîied Hasan y su hijita, y tal vez otros de su familia. También escuché que dijo:

“¡Dios mío! Mis creencias se encuentran todas presentes. Hazte cargo de todas, para que me las devuelvas”.

Yo estaba parado allí y él seguía en ese estado. De repente, mientras seguía en posición de sentado en dirección a la qiblah, se quedó sin respiración. Todos pensaron que le había dado un ataque al corazón, y le pusieron en la boca unas gotas de karâmîn. Vi que el remedio caía por los bordes de sus labios. Había fallecido en ese momento. Luego del agua con turbah no había puesto nada más en su boca, ni siquiera llegó a tragar algunas gotas de karamin. Me di totalmente cuenta de que él había fallecido. Salí de la habitación y en ese mismo momento escuché el llamado a la oración proveniente de la escuela Huyyatîiah. Por lo tanto su fallecimiento había ocurrido exactamente al sucederse el mediodía real. Él ya me había dicho el miércoles que:

“Mi muerte será al mediodía...”

Al final de su narración, el Aiatul·lah Hâerî agrega que: “Además de que esta historia nos da una clara muestra de una fe sólida, presenta algunos signos del mundo de lo oculto:

1- El hecho de que haya comunicado que su muerte sería al mediodía, y asimismo ocurrió en realidad.

2- Haber tenido un develamiento místico en el que vio a Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (P).

3- El hecho de haber comunicado que su última provisión en este mundo sería el agua con turbah, y asimismo ocurrió. Sin que él mismo hubiera sido el que pidiera la turbah, ni que hubiera supuesto que en esa taza había turbah diluida con agua, puesto que con desdeño preguntó: “¿Qué es eso?”, como alguien que está por rechazar algo.

Sección 3: El Fallecimiento de Hayy Ajûnd Turbatî

Otro de los awlia’ divinos cuyo fallecimiento es digno de ser escuchado y contiene moralejas, es el fallecido Hayy Ajûnd Turbatî, el padre del famoso disertante, el fallecido Husain ‘Alî Râshed, que Al·lah tenga misericordia de él.

Él en su libro “Las Virtudes Olvidadas”, que escribió acerca de su padre, cuenta la historia de su fallecimiento de la siguiente manera:

Una semana antes del fallecimiento

Entre las cosas que nosotros, los miembros de la familia, vimos de él, y que siguen siendo un misterio, es que mi padre el día domingo 24 de Mehr del año 1322 H.S. (16 de Octubre de 1943), correspondiente al 17 de Shawwâl de 1326 H.Q., murió tras dos horas de la salida del sol. Después de haber rezado él la oración de la mañana de acostado, comenzó a agonizar, extendió sus pies hacia la qiblah, y hasta el último momento de lucidez estuvo repitiendo frases en voz baja. Es como si se hubiera percatado que estaba por morir y de esa manera sus últimas palabras fueron: “No hay divinidad sino Dios”.

¡As-Salâmu ‘Alaikum, oh Mensajero de Dios!:

Exactamente el día domingo de la semana anterior a esa, luego del rezo de la mañana se había acostado en dirección a la qiblah y extendido su capa sobre su rostro. De repente, tal como cuando el sol alumbra repentinamente sobre algo o cuando una luz se proyecta de pronto sobre algo, su cuerpo se iluminó de la cabeza a los pies, y su semblante, que estaba amarillo a causa de la enfermedad, se tornó brillante y diáfano; era como si se le viera por debajo de la delgada capa con la que se había cubierto el rostro. Entonces se movió y dijo:

“¡As-salâmu ‘alaikum, oh Mensajero de Dios! ¿Usted vino a ver a este siervo insignificante?”.

Luego de ello, era como si una a una vinieran varias personas a verle. Saludó al Imam ‘Alî Amîr Al-Mu’minîn y a cada uno de los Imames, hasta el doceavo Imam (P), y manifestaba agradecimiento por su presencia. Luego saludó a Fátima Az-Zahrâ (P), luego a Hadrat Zainab (P), y aquí lloró mucho y dijo:

“¡Oh mi señora! ¡Yo lloré mucho por usted!”.

Saludo a la madre

Luego saludó a su madre y dijo:

“¡Madre, te estoy agradecido. Realmente me diste leche purificada!”.

Siguió en ese estado hasta dos horas después de haber salido el sol. Luego esa luz que brillaba sobre su cuerpo desapareció y volvió a su estado normal, y nuevamente su semblante se tornó amarillo por la enfermedad, y exactamente al domingo siguiente, en esas mismas dos horas, comenzó a agonizar, y se fue de este mundo con tranquilidad.

¡No me molestes Husain ‘Alî!:

Un día de la semana de entre los días mencionados, le dije: “Nosotros escuchamos narraciones sobre el Profeta (BP) y las grandes personalidades y anhelamos que ojalá a nosotros nos suceda ello. Ahora vimos ese estado en usted que es la persona más cercana a nosotros. ¡Yo quiero saber qué fue eso!”. Él se mantuvo en silencio y no dijo nada. Le repetí ello dos o tres veces con distintas palabras. La cuarta o quinta vez me dijo:

“No me molestes Husain ‘Alî”.

Dije: “Mi intención es llegar a entender algo”.

Dijo:

“Yo no puedo hacerte entender. Tú mismo debes comprender”.

Ello quedó como algo confuso para mí, y asimismo lo fue para mi madre, mi hermano, hermana y tía, y hasta estos momentos en que estoy escribiendo estas líneas, a la hora 9:30 de la mañana del martes 24 de Tir de 1354 H.S. (15 de Julio de 1975), correspondiente al 5 de Rayab de 1395 H.Q., aún no comprendo ello. Solo puedo decir que: Vimos en él ese estado”.8

  • 1. Se narró del fallecido Suheilî que al decir “¡Mi querido señor!” se refería al Imam de la Época -que Al·lah apresure su manifestación- quien se hizo presente en ese momento.
  • 2. En la súplica 21 de Sahîfat As-Sayyâdîah, nos llega que: “Y agráciame con Tu intimidad y con la de Tus santos y gente de Tu obediencia!
  • 3. Ver la Cuarta Sección de la Primera Parte.
  • 4. El Aiatul·lah Hâerî.
  • 5. El padre del Aiatul·lah Mûsâ Zanyânî, uno de los actuales referenciales religiosos.
  • 6. Sûra Ar-Ra‘d; 13: 14.
  • 7. Sûra Ibrahîm, 14: 24.
  • 8. Las Virtudes Olvidadas, p.149.