3. El Gobierno Justo
La forma de ser del Imam (P) en cualquier aspecto, era un ejemplo a imitar para la gente, incluso su forma de hablar, sentarse o levantarse era un modelo de comportamiento.
El Imam hasta en el campo de batalla, creó una gran escuela por su forma tan humana de ser. Enseñaba a la gente las reglas de la valentía, la generosidad y la hombría. La vida del Imam tiene múltiples aspectos interesantes y educativos, pero nosotros en este libro, nos limitamos a mencionar en forma resumida la justicia con que este elevado espíritu ejercía su gobierno:
Este gran hombre, durante los cinco años que duró su gobierno, enseñó al mundo lo que significa la justicia y el verdadero gobierno islámico. No consintió en hablar y prometer aquello que no podía llevar a cabo y mostró como debe ser la forma de actuar de un gobernante justo y honrado.
Solidificó las columnas de su gobierno con sabiduría, devoción y piedad. La medida y pauta de éste fue la ley islámica y, desde este punto de vista, sus hijos, parientes y amigos fueron considerados al mismo nivel que el resto de la gente.
El honorable Imam dijo: “Recuperaremos los bienes que fueron tomados injustamente del tesoro público, aunque lo hayan dado como dote a sus mujeres o hayan comprado esclavas con ellos”.
Recomendaba siempre a sus gobernadores que fueran bondadosos, benevolentes y amables con la gente y no se cansaba de repetir: “Traten a la gente con equidad y justicia”.
Pidiéndoles que aceptaran esta disposición como una obligación humana, no como una orden que un superior dirige a sus subordinados, los obligaba a que fueran comprensivos con los problemas de la gente.
Les decía: “Nunca restrinjan a nadie porque diga o pida lo que necesita o, para tomar de ellos los tributos les quiten su ropa de abrigo o de verano, ni vendan sus medios de transporte (camello, caballo, etc.). Tengan cuidado en no maltratar a nadie para tomar su dinero”.
A los encargados de recaudar el azaque les decía: “Acérquense a la gente con cortesía y educación, salúdenla y díganle: ¡Siervos de Dios! El gobernador de Dios nos mandó para que tomemos la parte que le corresponde a Dios de entre sus bienes. ¿Es que dentro de sus bienes tienen algo que le pertenezca a Dios?” Si dicen: “¡No!” regresen. Y si dicen: “¡Sí!” tomen lo que les den y, si después de haberlo dado lo reclaman, devuélvanselo”.
Y también decía: “Sean activos en promover el desarrollo y la prosperidad de los territorios que pagan sus impuestos. Si toman de ellos el tributo, inviertan también en ellos, de lo contrario los pueblos poco a poco se arruinarán y desaparecerá su gente.
La destrucción del territorio es causada por la indigencia de sus habitantes y la pobreza de la gente es ocasionada porque el gobierno almacena el dinero…”.
Cuando iban a ser elegidos los candidatos para gobernador decía: “Tomen en cuenta su fe y su disposición, no su tribu o su raza”. Él mismo supervisaba exhaustivamente a cada uno de ellos. Si veía que habían cometido algún error o exceso, les reprochaba con firmeza. La conmocionante carta que envió el Imam a su representante en Basora, ‘Uzman Ibn Hanif, es una prueba de esto: “Me he enterado que uno de los ricos de la ciudad de Tura te invitó a cenar y puso una mesa muy lujosa, llena de manjares. No creí que tú fueras capaz de aceptar tal invitación, a la que los pobres no pueden acceder. Ten cuidado, pon atención y aléjate de las situaciones dudosas…”.
En otro momento reprochó a Shuraih Gadi el haberse construido una casa de ochenta dinares.1
Imam ‘Alí (P) fue una figura excepcional. Reunió en su persona, a un mismo tiempo y en un grado nunca igualado, aspectos que normalmente parecen contradictorios: Fue un formidable guerrero, al punto que jamás perdió una batalla o un torneo, al mismo tiempo fue un creyente piadoso, capaz de pasar las noches enteras rezando.
Fue un poderosísimo gobernante, pues bajo su califato el territorio islámico se extendía desde la India hasta Egipto, y por las noches recorría a pie las calles apartadas en la ciudad, cargado con un saco de comida a la espalda, para socorrer a los necesitados; el más sabio de los hombres, como puede comprobarse leyendo sus explicaciones sobre la génesis del universo y al mismo tiempo el más sencillo y ascético, hasta el punto que jamás comía más de dos tipos de alimento y, usualmente, éstos eran pan de cebada y agua.
- 1. ‘Abqariatul Imam, p.160–169.